Me refiero a las olímpicas de un
polideportivo, con sus calles señalizadas y demás. A veces están tranquilas, y
con suerte tienes una calle para ti solo, o como mucho, compartida con otra
persona. Pero otras… Todo depende de con quién te topes, y en ese sentido los
tengo clasificados. Dejando a un lado a las personas solidarias, en el sentido
de que saben adaptarse a los demás con independencia de que naden mejor o peor,
tenemos a estos otros:
Los torpederas. Suelen competir en eventos amateurs
tipo XXI Triatlón Mariana de las
Peinetas, o Las Cincuenta Mil Yardas Legionarias, y van a entrenarse a la
piscina haciendo series de infarto. Más vale apartarse de su trayectoria porque
son como los Guardias Reales de la corona británica, no se detienen ante nada
ni ante nadie. Arrollan al que pillen, o lo que pillen, incluidas las paredes
de la piscina.
Los espumitas. Son los que se creen que nadan de la hostia,
pero nada más lejos de eso. Suelen ejecutar uno o dos largos a toda pastilla,
levantando un aguaje del carajo jodiendo la dinámica de los demás para, poco
después, detenerse en el otro extremo de la piscina a coger resuello porque les
mata la asfixia. Hace unos días me adelantó uno subestimando la cadencia de mi
brazada, y casi se ahogó a mitad de piscina. A penas me rebasó, se detuvo
porque metió una tragantá de agua clorada y por poco no me tocó hacerle el boca
a boca, con lo feo que era el cabronazo.
Los batracios. Me refiero a los que nadan como las ranas o
los sapos, abriendo brazos y piernas hasta el extremo de que alguno me ha
pegado un manotazo, aun yendo por la calle contraria balizada. A estos sujetos
les falta ancho de calle para nadar.
Los moscas cojoneras. El problema no es que naden lento y
mal. El problema surge cuando los alcanzas en un extremo de la piscina, o estás
apunto de ello, porque vas sobradamente más rápido, y en vez de cederte el paso
-que es lo que hago yo cuando me alcanza alguien que lleva un ritmo más fuerte
que el mío- empiezan el nuevo largo, obligándote a rebasarlos apenas has
comenzado el tuyo. Cuando no hay nadie más en la calle, puedes intentar
rebasarlos salvo que abarquen todo el ancho de la calle, que esa es otra, pero
la cosa se complica aún más si hay más personas en la misma calle, lo que te
obliga a ir a paso de tortuga tras ellos, hasta que tienes ocasión de
rebasarlos.
Finalmente tenemos a los submarinos. Ahí es donde me
encuadro yo. No debe haber muchos, o al menos hasta hoy no me he cruzado con
ninguno. Yo no soy Mark Spitz nadando, pero llevo un ritmo superior a la media
de lo que frecuenta la piscina, si no en velocidad, sí en resistencia, porque
me hago 40 largos (2000m) sin detenerme. Todo va bien cuando coincido con
personas que respetan las normas no escritas, lo malo es cuando confluyen
varios especímenes de los descritos anteriormente, y se montan las tanganas
piscineras. Es entonces cuando me meto a profundidad de periscopio y empiezo a
rebasar gente por debajo, sembrando el desconcierto, o en el caso de Lobita cuando
coincide conmigo, provocando el descojone.
No es muy ortodoxo, pero si no, de qué otro modo rebaso a la
mosca cojonera y al batracio de turno, mientras evito a la torpedera que viene
de frente y al espumitas que agoniza en superficie.