miércoles, 2 de abril de 2014


 

LA RUBIA Y EL MAROMO (Historia de una foto)

Llegaron en un scooter, uno de estos modelos coreanos que hacen ahora a base de componentes plásticos y cromados sintéticos, nada que ver con las Vespas de toda la vida. Para salvar un pequeño terraplén y acceder al lugar de estacionamiento, ella tuvo que bajarse de la moto porque derrapaba… la mierda de la máquina.

La mujer, cuarentona de largo pero aparente, tenía el pelo rubio y los rasgos faciales se me antojaban eslavos, con pinta de ser rusa, o ucraniana, de manera que bien podría llamarse Nikita, Katiuska o algo por el estilo.

El tipo que acompañaba a la rubia, tenía pinta de ser de cualquier parte,  lo mismo podría llamarse Yuri que Manolo. Pero sobre todo tenía pinta de narco de poca monta, de estos que se dedican al asunto procurando no dar demasiado el cante para no repetir trena, y que lo mismo blanqueaba la pasta con un chiringuito montado a pie de playa. Estaba tatuado a tope por la espalda, pero sin mariconadas, tatuajes de esos que se hacían antaño los que habían pasado por el talego,  por la legión, o  por la marina, no como hoy en día, que se tatúa cualquiera por esto de las modas, perdiendo el asunto el sentido, si es que realmente lo tuvo alguna vez.

El caso es que se apostaron a pocos metros de mí,  para ver cómo aterrizaban los aviones, e intentaban  fotografiarlos con una  cámara compacta muy reducida, nada adecuada para esos menesteres. Nikita  (pongamos que se llamaba así) me miraba de vez en cuando y parecía pensar, ese la tiene más grande… Obviamente me refiero a la cámara.

 Él también miraba ocasionalmente, pensando quizá… “lo feliz que haría a Nikita si tuviera una como la que tiene ese”… Evidentemente me refiero a la cámara.

Harto de fotografiar aviones, decidí cambiar el tercio y hacer eso que denominan robado, consistente en hacer una foto de alguien sin que se dé cuenta, así que con disimulo me fui posicionando por la retaguardia para intentar buscar una composición aceptable en la que incluirlos junto con algún avión. La rubia, como la que no quiere la cosa,  seguía marcándome con el rabillo del ojo, la muy soviética, pero  me hice el sueco haciendo como que fotografiaba un matojo de tomillo que había en la cuneta. Entre tanto, el tipo, oteaba el horizonte buscando al pájaro metálico y cuando detectó uno alertó a Nikita…¡¡¡ Никита , прибывает самолет¡¡¡ que viene a significar algo así como  “Nikita, ahí  llega un avión”.

Un MD-80 realizaba la aproximación por poniente y los dos dirigieron la mirada hacia el aparato, momento que aproveché para dispararles un par de veces a traición dando lugar a la foto que adjunto a esta historia. Cuando  pasó por encima de nuestras cabezas, yo ya estaba enfocando la popa del MD-80 para disimular, mientras Nikita parecía desear tener mi aparato, más grande y más rápido que la porquería que tenía su maromo tatuado… Me refiero a mi cámara fotográfica, una Canon EOS 50 con un 200mm, el objetivo más grande que había en esos momentos por allí, aunque una porquería, comparado con los que se suelen emplear para esto de fotografiar aviones.

Nikita y Manolo, Yuri, Murphy o como cojones se llamaran, se fueron al poco.  Lo mismo para atender el negocio tapadera en la playa de Sacaba, que no anda lejos del aeropuerto. Se montaron en el scooter de mierda coreano en el instante en el que yo abría la puerta de mi vehículo para coger una botella y pegar un trago de agua recalentada, las cosas de tener un coche negro y estar en pleno agosto.

Al pasar a mi altura, Nikita me echó una última mirada antes de desaparecer y lo mismo pensó… “Anda, eso también lo tiene más grande”…  Evidentemente me refiero al vehículo.

En realidad la historia que he contado fue el resultado del  delirio que tuve a raíz de la insolación que pillé durante la espera de 12 horas en el aeropuerto de Málaga. Resultó que un amigo al que fui a recoger, procedente de Londres, me dijo que su avión llegaba a las 11 h, en vez de a las 23 h así que acabé harto de aviones, esperando por los alrededores del aeropuerto, y al final debió afectarme el sol.

Lo mismo la rubia era de Alaurín de la Torre, se llamaba Rosario y estaba  casada con el de los tatuajes, Agapito el frutero,  natural de Árdales, y lo mismo Rosario me marcaba de vez en cuando, no por el tamaño de mi cámara o por el coche que tenía, sino  porque yo en pantalones cortos soy irresistible, sobre todo comparado con su marido… Vaya usted a saber.

 

 
 

domingo, 23 de marzo de 2014


A LA MIERDA LA DIGNIDAD

Cuando cometo la torpeza de encender la TV y me tropiezo con las imágenes de la gente vitoreando a un payaso como el tal Willy Toledo, me doy cuenta de que en España, la dignidad no tiene ninguna oportunidad. El día que la gente salga a la calle sin banderitas,  rechazando de plano a estos payasos mediáticos, a los politiquillos que quieren aprovechar la virada en su propio beneficio,  a los oportunistas  y a los alborotadores que se dedican a provocar, sean del lado que sean, entonces saldré yo.

 Pero España es un país de borregos, borregos de derechas, borregos de izquierdas y borregos a secas, y por desgracia los borregos necesitan un pastor que los meta en vereda, de manera que este siempre será un país de pastores infames enfrentados con sus respectivos ganados, ganados identificados, no a marca de fuego, pero si a base de siglas adhesivas y banderitas absurdas.  Son ganados  cuyos individuos necesitan identificarse con un cliché que los una al grupo, ya que de manera individual se sienten inseguros,  acomplejados, acojonados, como se acojonan las ovejas que pierden la senda del rebaño. Y cuando se sienten rodeados por los lobos, chillan y patalean para llamar la atención del pastor, para que los ampare el ganado, chillan y patalean ante las cámaras  de TV y en el YouTube… el Dios de los ganados modernos.

Estamos llevando al país  al nivel de Ucrania, al nivel de Turquía, al nivel de Egipto… países cuyos “pueblos”  toman los gobiernos asaltando  plazas,  azuzados por cuatro listos que ansían el poder , para después instaurar su propio gobierno del terror o del saqueo a secas, como pronto pasará con la ultraderecha ucraniana… Es el síndrome del intermitente, izquierda, derecha, y como la gente es imbécil, traga y vuelta a empezar… ahora para la izquierda, ahora para la derecha, como hace el ganado en los campos, que ondula a un lado y otro, controlados por los perros fieles al pastor.

 No merecemos votar en las urnas democráticamente, porque no sabemos manejar la herramienta de manera inteligente, del mismo modo que un cerdo no sabe apreciar en su justa medida un pastel de frambuesas. Lo que nos merecemos es que nos gobierne un ex KGB como Putin y que a la mínima protesta, nos meta los cañones de los  T-90 por el culo… o un payasote como Maduro para que nos cuente historietas de pajaritos bolivarianos mientras arruina el país…pirrripipi, pirrripipi…  Merecemos un gobierno islámico para contentar a esos que portan sus banderitas autonómicas tuneadas de revolucionarias, ataviados  con la kufiya, que no sé qué cojones pinta aquí. Es algo tan absurdo como si los palestinos se manifestaran contra Israel vestidos con capote y sombrero andaluz… Pero eso, que  nos gobiernen los islamistas, para ser coherentes con las kufiyas, y todos a rezar de rodillas orientados al Este, calladitos y sin chistar para no ofender a Alá, so pena de ser linchados en público… por imbéciles.

Merecemos que nos gobierne Willy Toledo y los Bardem, a ver si vamos todos a parir, por los cojones, al hospital judío Monte Sinaí a costa de un gobierno progre-comunista pro Armani. O que nos gobiernen los bomberos de la Comunidad de Madrid, que están indignadísimos y se apuntan a todas, para que hagan por que trabajemos las mismas horas que ellos y nos pongan el mismo sueldo que tienen ellos a todos los demás … a ver si son tan machotes.


 Dicho sea de paso, merecemos que nos siga gobernando Rajoy, que fue elegido por  uno de los ganados, y merecimos que nos gobernara Zapatero, que fue elegido por el otro ganado, y que ahora quiere asaltar el redil. Merecemos, por poner un ejemplo, que la Pájaro Loco (Teresa de la Vega), la del Partido Socialista O B R E R O  Español, blinde su jubilación para cobrar 8 veces más que lo que reciben los que cobran  la pensión más alta que se puede pagar en este país. Merecemos también, por poner otro ejemplo, tener a Rodríguez Rato de multinacional en multinacional, pese a tener en su currículo el dato de haber arruinado la economía de muchos españoles, como tantos otros ex ministros de ambas partes. Y merecemos los sindicatos que tenemos, esos que promueven manifestaciones gritando consignas proletarias, mientras roban a manos llenas al proletario, para poder vivir como buenos capitalistas.

 El caso es que Suárez acaba de fallecer.  Deberíamos darle las gracias por intentarlo, por ser valiente y cabal cuando hubo que serlo, pero resulta que este país de idiotas no tiene memoria ni tiene remedio. Suárez debió darse cuenta el día que llegó Tejero, pegó cuatro tiros  al techo, y salvo él, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, que aguantaron con dignidad, todos los demás,  que ahora se dan golpes de pecho por la democracia y las libertades, se metieron bajo los pupitres del congreso cagándose por las patas abajo… Quizá por eso la naturaleza física de Adolfo acabó por llevarle a olvidar su tragedia familiar y  de paso, la tragedia de este país de ineptos.

Descanse en paz Adolfo Suárez, y a los borregos que les den, por mandar a la mierda su dignidad.

 

martes, 18 de marzo de 2014



U L T R A M A R I N O S

...Otro que zozobra, este de los últimos de Filipinas, tras sufrir entre otras,  las andanadas de esos buques corsarios que campan por sus respetos por los océanos de la globalización… las grandes superficies, que son como portaaviones  de la clase Nimitz, y la invasión de sampanes chinos, no menos temibles por estar hechos de juncos y ser de vela.

A esta tienda de ultramarinos le queda poco fuelle, como mucho hasta Semana Santa, según leí en la prensa. Después,  el cierre, y probablemente su reconversión a una tienda de todo a un euro y made in China, pauta que han seguido la mayoría de los pequeños comercios del centro de la ciudad… así de triste. Pero los alquileres suben, las normativas se endurecen, los impuestos también, no se vende un carajo y la cosa ya no es rentable, solo lo será para los chinos, que pagan bien al estar liberados de ciertas “ataduras” como las relativas a los derechos de los trabajadores, y pueden pasarse la normativa por el arco de su muralla… la china.

A los jóvenes de ahora, puede que les suene a chino lo de ultramarinos, qué paradoja, porque a fin de cuentas, hoy en día casi todo viene de China que está en ultramar. Puede que alguno crea que un Ultramarino es un cargo de la armada próximo al Almirante, algo que no me sorprendería, pues eso de la mili ya no se lleva… lo que me hace a caer en la cuenta de la edad que tengo.

El caso es que las tiendas de ultramarinos tenían su aquel. En Cádiz solían regentarlas los montañeses, oriundos de Cantabria, y en estos establecimientos se expendían productos alimenticios, muchos de ellos a granel. Solían vender de todo un poco en el marco de lo alimentario, y antaño solían tener productos que no eran comunes en la región, esos que venían de ultramar, sobre todo determinadas especias, de ahí el vocablo ultramarinos.

Las tiendas de ultramarinos   se caracterizaban por detalles que me vienen al recuerdo, como la figura del chichuco, o mozo de almacén, que acometía las labores más ingratas del negocio por un sueldo exiguo y con la promesa de dirigir en un futuro el negocio si era espabilado. Entre las faenas, se encontraba la de llevar los pedidos a las casas de los más pudientes. También era un clásico la balanza romana, o el molinillo de café, y otros enseres destinados a medir y tratar los productos a granel que solían estar contenidos en sacos de esparto o en barricas.

Recuerdo aquellos mostradores de mármol y madera, algunos con filigranas, y el olor a queso y mosto. Recuerdo también el serrín desparramado por algunas partes del suelo para contener los fluidos derramados. Generalmente, una de las esquinas del mostrador estaba destinada a cumplir las funciones de bar, donde los hombres solía consumir sus chatos o sus tercios de cerveza, y alguna tapa de queso manchego o aceitunas con anchoas, mientras hablaban, como siempre, de fútbol, y nada sobre el gobierno por eso de la dictadura.

Recuerdo  también la entrada al almacén,  pobremente iluminado por polvorientas bombillas de poca potencia, un lugar con cierto misterio para aquellos que, siendo unos mocosos, lo veíamos desde el otro lado del mostrador. Era como si al atravesar ese umbral se accediera a un mundo desconocido e intrigante. Y recuerdo aquellas estanterías repletas de latas de conservas, y las neveras con estructura de madera, la cortadora de embutidos.

Y la libreta… si, aquella en la que se anotaba lo que la gente dejaba a deber, todo un clásico. Puede que los productos fueran más caros que en los supermercados, y por supuesto que en las grandes superficies, pero si  Manuela, la del segundo izquierda del número tal de la calle Pascual, no llegaba a fin de mes, podía dejar fiado y pagar a primeros de mes…a ver qué Mercapollas o Carreleches permite eso. Era lo que tenía el trato cercano de los comercios de barrio, donde se dejaba fiar y donde, dicho de paso, se aireaban los chismorreos del vecindario.

Pero ya quedan pocos ultramarinos, los que se cuentan con los dedos de una mano y menguando, como este de Barreda en el nº 1 de la Calle San José en Cádiz. Los ultramarinos hacen agua, como tantas otras cosas, se hunden y dejarán de formar parte del patrimonio histórico de las ciudades, entre otras cosas porque en este país en general y en  Cádiz en particular,  eso de conservar, como que no se lleva, pobre tacita de plata.

Pero ya se sabe, “en Cai hay que mamá”… Así nos va.

 

 

 

 

 

sábado, 22 de febrero de 2014


TONTOS QUE SE LAS DAN DE LISTOS
Muchas veces pasa que uno que se las da de listo sin serlo, quiere dejar por tonto a otro, sin percatarse de que el tonto es el. Pero ese no es el mayor de los problemas. Lo más sorprendente  es que hay otros muchos tontos, que por ignorantes, llegan a aplaudir,  muy ufanos ellos,  la tontería dicha por el tonto que se cree listo, como diciendo, qué bueno es el colega, que ha dejado en evidencia al “tonto este”.
En estos casos, cuando me topo con uno de estos listos tontos, procuro ser prudente y educado, e intento quitarle hierro al asunto, cuando el tonto de marras pretende dárselas de listo sin involucrar a nadie más. Te dices, bueno, la ignorancia es osada y el chaval no da para más, déjalo pasar, y pasas, o si no pasas, al menos procuras ser suave en el momento de hacerle ver que el tonto es él, aunque los tontos no suelen caer en esos detalles cuando eres sutil. La sutileza es un rango que está fuera del alcance de las entendederas de los tontos.

Pero cuando uno de estos tontos comete el error de intentar dejarte por tonto delante de los demás, la cosa cambia. Es en esos casos cuando esbozo una sonrisa serena pero malévola, mientras me froto las manos y pienso, aquí vas a caer con todo el equipo, tonto de capirote, tú y todos esos soplapollas que aplauden  tus afirmaciones de Perogrullo. Entonces me dejo de sutilezas,  empleo el idioma que ellos entienden y los hundo en la miseria.

Los tontos aduladores de otros tontos, deberían pensárselo mejor antes de seguir a un tonto que se las da de listo y que puede acabar dirigiéndolos hacia un abismo, o simplemente, al ridículo colectivo. Pero claro, al ser tontos, no reparan en esas cosas… es la desgracia de los tontos.

lunes, 17 de febrero de 2014


LA VIDA EN UNA MALETA

La vida en una maleta, pues a fin de cuentas estamos de paso. Nos empeñamos en acaparar sin ser conscientes de que, más pronto que tarde, habrá que aligerar lastre. Hay quien lo aligera antes de lo previsto, así como por fuerza mayor, quizá como le sucedía a este hombre. Objetos por dinero para comer, cosas que formaron parte de la historia de una vida, utensilios o recuerdos que seguramente tendrán más valor sentimental que económico. Debe ser triste malvender recuerdos por cuatro perras, que es lo que vale un euro, aunque más triste aun es no tener nada que llevarse a la boca.

Debe ser triste tener que vender el bastón de tu abuelo, o esa reliquia que encontraste buceando y que guardas como un tesoro, aquel libro dedicado, o aquel fósil que te regaló un pariente proveniente de tierras lejanas… Debe ser triste vender tu legado, dárselo a un extraño a cambio de unas monedas, en vez de pasar el testigo a los hijos o a los hermanos, a los sobrinos.

Pero mirándolo fríamente, no dejan de ser objetos, objetos que de todos modos dejaremos atrás el día de marras, el día que toque franquear esa aduana en la que se declara todo para no dejar pasar nada, salvo el alma… el que la tenga.

La vida en una maleta, la que seguramente mal vendía ese hombre de aspecto dejado, derrotado, hastiado, condenado, ado,ado, ado… triste eco que resuena en la plaza de abastos de Cádiz, que olía a churros a euro el cartucho, en un domingo cualquiera.

La vida en una maleta, o quizá en dos, incluso en baúles enteros, la vida extendida en una alfombrilla en una plaza cualquiera, objetos por comida, recuerdos por comida, para apurar la vida, mas, mientras haya vida hay esperanza… o eso dicen.

La vida en una maleta, y la muerte sin necesidad de ella.

JM Arroyo
 
 

viernes, 31 de enero de 2014


A LA CAZA DEL FLAMENCO ROSADO

Parece fácil ¿Verdad? Una persona podría ver estas fotos y pensar, bueno, son unas fotos normalitas, probablemente tomadas desde un cómodo mirador, con un teleobjetivo normalito, pero con bastante alcance. Habrá estado sentado tomándose un refresco mientras que esperaba pacientemente a que esas recelosas aves pasaran por delante, o lo mismo son flamencos en cautividad, anillados y muy sociables… Pero va a ser que no.
 
 
 

Resulta que para tomar estas fotos, lo primero que tuve que hacer fue localizar la bandada de flamencos rosados, y dar un enorme rodeo, ya que si iba directo hacia ellos,  al detectarme se irían apartando discretamente hacia la orilla opuesta, porque estas aves, al menos las de por aquí, no están acostumbradas a la presencia humana y se apartan al mínimo indicio de amenaza.

Tuve que  poner en práctica las técnicas del cazador furtivo, considerar la posición del sol para ser menos visible a las aves, la dirección del viento, para que los sonidos de mis pasos fueran menos audibles, y tuve que reptar literalmente entre la maleza que rodea la Laguna Salada, bastante tupida por cierto. No es que fuera camuflado al cien por cien, llevaba ropa verde y una gorra mimetizada, pero nada de redes para deformar la silueta, ni la cara tiznada, ni un gorro con forma de pato, o cosas de ese tipo.

El caso es que para llegar a estar a tiro de piedra de los flamencos y al alcance razonable de lo que es un 200 mm modesto y poco luminoso, tuve que emplearme a fondo y enfangarme literalmente. La vegetación era tan espesa, que  dudé si llegaría a la orilla sin ser oído por las recelosas zancudas. Pero tenía claro que como no tendría oportunidad alguna, era no intentándolo.

Cuando inicié la aproximación final, tuve que reptar unos 50 m. Sabía que estaban al otro lado de los juncos, pero no podía distinguirlos. Tampoco los escuchaba, lo cual era buena señal, pues indicaba que no habían detectado mi presencia. Cuando detectan una amenaza, los flamencos  emiten un graznido característico a modo de aviso. En los últimos metros los vi a través de los juncos, de espaldas, distraídos acicalándose el plumaje… los pillé en bragas.

Como esperaba  que me descubrieran en cualquier momento, me aseguré los disparos colocando el selector en auto y modo ráfaga, porque no es una situación en la que te puedas entretener en hacer mediciones de luz. Era un escenario con demasiados contrastes de luces y sombras. Lo que sí tuve que hacer mientras estuve entre los juncos, fue enfocar manualmente porque, con tantas ramas por medio, el enfoque auto se vuelve loco, y podría acabar enfocando un junco en vez de un flamenco.

Una vez me aseguré algunas tomas entre los juncos, decidí levantarme, colocando previamente el enfoque en modo auto, porque sabía lo que iba a ocurrir en cuanto me vieran asomar… la estampida.

Efectivamente, fue asomar la cabeza, y ni si quiera graznaron. Aquello se convirtió en un pelícano el último, y emprendieron un frenético despegue tipo scramble, mientras yo me lie a disparar en modo ráfaga en plan que salga lo que sea, y esto fue lo que salió.

No son unas fotos del otro mundo, por tanto no es ese el valor que les doy. El valor que para mí tienen va más en la línea de la vida…es eso, me sentí vivo, un animal más de esa fauna, un animal al acecho, reptando, escudriñando, oliendo, respirando… viviendo intensamente. Tanto que olvidé todos mis problemas.

Quizá, si hubiera tenido un 600 mm de óptica fija y f4 de apertura, y hubiera estado apostado en un mirador, sentado en una silla con un termo de café al lado, habría realizado unas fotos magníficas, y seguramente estarían mejor valoradas por el público en general, pero no sé… Dudo que me sintiera tan satisfecho, pues son las vivencias lo que en definitiva nos satisfacen, y la que tuve ayer tarde me dejó una sonrisa de oreja a oreja que no se corresponde con el estado de ánimo que sería normal teniendo en cuenta el panorama que tenemos.

Quizá sea esa la clave de la salud mental, vivir la vida del modo más natural posible, sintiéndose una criatura de la naturaleza, en vez  de sentirse el elemento, en mi caso, por lo que se ve obsoleto, de un sistema infernal creado para el beneficio de unos cuantos.

JM Arroyo

Dedicado a mi amigo Víctor Crespo, al que llamé por teléfono después de la experiencia, porque sabía que entendería mi entusiasmo, del mismo modo que entendí  el suyo, porque ese mismo día, él se echó al monte y ascendió hasta una cima nevada en plena ventisca cual zorro del ártico.
 



 

 

 

 

martes, 28 de enero de 2014


LOL

Me preguntaba qué cojones era eso de LOL, que ahora leo cada dos por tres, intercalado generalmente en textos con mala ortografía. Busco y encuentro…LOL (LAUGHING OUT LOUD) traducido como “reírse en voz alta”. Y me digo, anda la leche, ya no es “jajajaja” ahora es LOL.

Puedo entender que sea la manera de reírse de los anglosajones, que han pasado del “hahahaha” (onomatopeya más próxima a la asfixia que a la risa) al lacio LOL, porque los anglosajones son lacios de cojones, y encima rima. Lo que no me entra en la mollera es que aquí se adopte eso del LOL, con lo expresivo  elocuente que resulta el “jajajaja” de toda la vida.

Cuando escribo “jajajajaja”  es porque me ha aflorado esa risa de forma franca  y automática,  a la par que “ríen” mis dedos pulsando esas jotas y esas aes, haciendo partícipes de la risa a ambas manos, y no solo a la mano derecha para pulsar el rancio LOL. El LOL, más que un acrónimo de la risa, parece el acrónimo de un ingenio militar o el de un virus letal. Como si lo viera… Ha sido lanzado el primer LOL con ojiva nuclear… Emergencia sanitaria en Vallecas debido al virus del LOL… qué risa… jajajajajaja.

Si nos remitimos al denominado MEME LOL y le miramos el careto al muñecajo,  llegamos al extremo de lo grotesco, pues el monigote, lejos de parecer estar descojonado, parece que lo están empalando con el LOL de las narices sufriendo un daño atroz.

Pero está claro, cada cual puede hacer con su risa lo que le plazca, y si les mola el LOL, qué le vamos a hacer… aunque yo no me fiaría de esa “risa”. Prefiero el elocuente y sincero “jajajaja” o el jocoso “jojojojo”, el astuto “jejejeje” y el picaruelo “jijijji”  La risa, como las palabras, deben ser claras y concisas, francas. Uno debe tener claro el sentido de la risa que lee y  la riqueza que tiene el castellano lo permite, ese castellano tan mimado en Japón y tan maltratado en la propia España, por los españoles y por los que no se sienten españoles.

Esto nos lleva  a la asfixia del “hahaha” y nos relega al rancio LOL que bien podría haber sido CRUNHC, o CLOK, o RWK... porque de los acrónimos anglosajones se puede esperar cualquier cosa…jejejejejeje… manda cojones.

JM Arroyo… jojojojo.

 

 

domingo, 26 de enero de 2014


OBJETOS INTELIGENTES

Es cierto lo que he leído por ahí… Cada vez hay más objetos inteligentes, y en la misma  medida, la gente se vuelve menos inteligente... más boba. Como la cosa siga así, las máquinas acabarán decidiendo por nosotros, y tendremos el cerebro tan atrofiado que no seremos capaces de reaccionar.

La siguiente peste que estoy viendo llegar es la de las putas gafitas esas, las Google Glass. De aquí a nada, toda la peña con las gafitas y el ojo saturando al cerebro con información que es incapaz de procesar.  Supongo que coincidirá con un repunte del índice de atropellos por no mirar donde se debe. Y si no, toda la peña con la masa gris googleglaseada y las neuronas cerebrales goteando por la nariz.

 Yo sigo resistiendo con el Nokia ladrillo, esquivando a la empresa telefónica, que no para de advertirme que se caducan mis puntos para canjearlos por un Smartpollas. Pero va a ser que no… Cuando salgo de casa quiero sentirme libre, no geo-localizado al extremo, ni conectado al extremo, no necesito saber dónde comprar, ni qué voy a comer, ni escuchar continuamente música para acabar aborreciéndola. Prefiero dar un poco de emoción al asunto y seguir descubriendo las cosas por mí mismo, y añorar un rato la música para después cogerla con ganas.  

No necesito linkearme o como cojones se denomine eso de engancharse a otra red, como si fueras parte de un sistema, para que al instante todo el mundo sepa de la leche que eres. Me sobra con poder llamar y recibir llamadas en caso de emergencia, y no estar escuchando el insufrible sonido del “guasa” ese, para contar en tiempo real que acabo de abrir una puerta,  que me voy a tomar un bocata de panceta y que me voy corriendo al tigre porque me acaba de dar un apretón por culpa de un Nespresso color fucsia caducado… y  mandar la “afotito” de cómo alivias lastre en el tigre de casa Pepe, que de comer pone una mierda, pero tienen un wifi gratuito del carajo.

La sociedad se queja de que cada vez hay menos libertad, pero es incapaz de rebelarse contra el sistema que la hace presa. La sociedad no se conforma con comerse un plato de tecnología, necesita comerse doce, engorda y se atrofia. La sociedad occidental pudiente, claro está, porque el resto del mundo… Pues va a ser que también, porque sorprende ver gente que pasa penalidades y que a pesar de los pesares, está interconectada mediante un celular, o tiene una parabólica en su chabola. Sociedades mega-conectadas a una prisión virtual de la que dependen cada vez más y más.

Al final acabaremos siendo bultos de carne con ojos, sin cerebro, con una batería de litio-cadmio metida por el culo y una memoria RAM configurada para obedecer sin chistar.

martes, 21 de enero de 2014


AGUA Y LUZ

No es el resultado de ningún filtro de Photo Shop ni nada por el estilo, ni si quiera es una exposición forzada en post proceso. Es simplemente lo que captó el objetivo de mi sufrida cámara… un contraluz  de agua y luz en evolución.

Cada rayo de luz se refracta de manera diferente en cada partícula de agua que flota en el aire… agua flotando en el aire.

El hombre y su entorno parecen estar constituidos por esas partículas de agua y luz, lo que me lleva a pensar en que probablemente seamos eso… partículas de agua y luz dispersas en el éter.

Me pregunto pues… si somos agua y luz ¿Por qué nos empeñamos a veces en ser tan opacos?

 


jueves, 9 de enero de 2014


El GUARDA AGUJAS

Todos pasamos en nuestro tren ante su caseta, la caseta del guarda agujas. Una  única vía emerge de la oscuridad de la que provenimos todos, y a la altura de esta caseta, es donde las vías se multiplican temporalmente durante el periodo de luz que conocemos en tanto estamos vivos.

Aparentemente cada vía lleva a un lugar diferente, o para ser más preciso, cada vía lleva a una suerte diferente. Corresponde al guarda agujas cambiar de vía según vamos pasando, asignándonos a cada cual, diferentes caminos para llegar al mismo destino.

La vía que nos toque en suerte determinará las condiciones del viaje y su duración. Para algunos será un viaje largo y tortuoso, para otros breve pero intenso. Algunos tendrán un viaje divertido y otros desearán no haber viajado nunca… Es lo que tiene que, en estos trenes, también haya clases… primera, segunda, tercera…vagones de ganado. También hay clases de recorridos… de alta velocidad, de alta montaña, transiberianos, transaharianos, de media distancia, de cercanías… Y además están las clases de pasajeros… agradables, mezquinos, asesinos, altruistas, egoístas, trabajadores, estafadores… como en la vida misma.

Pero como decía, al final, por lo que se sabe de momento, que no es nada, todos acabamos parando en la misma estación, una estación donde de nuevo se cierne la oscuridad, una estación donde confluyen todas las vías en una sola…la vía muerta. Va a parar en el andén que  da a la antesala de la incertidumbre, en la cual nos aguarda una peculiar jefe de estación, esa a la que casi siempre representamos extremadamente delgada y vestida de negro.

El guarda agujas cumple con su cometido en su pequeña caseta, paciente, abnegado, muy profesional, asignando cada suerte,  buena o mala, sin que sea nada personal. Su cargo requiere ausencia de sentimientos, ausencia de escrúpulos, ausencia de empatía, ausencia de todo aquello que pueda interferir en los deseos de no se sabe qué fuerzas.

El guarda agujas lleva más de dos millones y medio de años trabajando, y a duras penas conserva su caseta. Parece eterno su trabajo, pero al igual que las vías, su función acabará en algún momento, cuando pase el último tren. Entonces, las luces de su caseta se consumirán como él mismo, para no desentonar con la oscuridad absoluta que se cernirá sobre todo lo conocido.

Hoy hace 52 años que pasé por delante de la caseta del guarda agujas, y como a todos, me asignó una vía, y por tanto un recorrido. El viaje no se me antoja fácil, pero tampoco imposible. Pese a lo malo, lo doy por bueno, aun sin saber lo que me deparará el futuro, ni si me queda mucho o poco por recorrer hasta llegar a esa vía única, esa vía muerta que nos espera a todos, el  final del trayecto sin retorno.

Llevo un rato escribiendo sobre el guarda agujas, y ahora que caigo, no he mencionado su nombre…  El guarda agujas se llama Destino.


 

 

 

 

 

lunes, 6 de enero de 2014


EL ALMIRANTE ROJO

La Vanessa Atlanta, también conocida como  Vulcana, Numerada o El Almirante Rojo, Red Admiral, como diría un inglés,  que es la denominación que me gusta a mí por todo aquello a lo que soy a fin. Leo que es una mariposa bastante extendida por el mundo, y como buen almirante, es capaz de recorrer miles de kilómetros, del sur hacia el norte en primavera, y del norte al sur en otoño.

 Leo que tiene un comportamiento peleón, muy territorial, tenaz ante los intrusos, como es de esperar de un almirante. Dicen que Almirante Rojo se caracteriza por un vuelo firme, rápido y seguro, expulsando a cuantas mariposas, sean de su especie o no, que se atrevan a cruzarse en su trayectoria, y cuentan - eso he podido constatarlo-  que si por casualidad entramos en su territorio, dará cuatro o cinco vueltas a nuestro alrededor, a fin de comprobar si somos un peligro potencial para su integridad, llegando incluso a “atacar”. Si después del tanteo comprueban que no suponemos un riesgo, se posan en el mismo lugar en el que estaban y nos ignoran, permitiendo que sean observadas o fotografiadas, en este caso por mí.

El caso es que este Almirante Rojo considera mi balcón como su territorio, y así lo han venido considerando todos los años por estas fechas sus antepasados, porque, por razones de esperanza de vida, este no puede ser el mismo almirante que el del año pasado. Me conmueve su determinación y no puedo más que rendirme a las alas del Almirante Rojo, aun siendo yo consciente de que podría reclamar mi territorio con apenas un soplido.

Me asomo y allí se encuentra el almirante,  en la zona soleada de mi balcón, en el mismo lugar de siempre, a la misma hora de siempre, sobre las doce del mediodía, y durante la misma estación de siempre, en invierno.  

Cuando salgo, a primeras el almirante de turno se mosquea, no se fía, así que da un voletío de tres o cuatro órbitas de un radio de unos cuantos metros, y si no detecta actividad hostil por mí parte, se posa en el mismo lugar, centímetro más, centímetro menos, como si dispusiera de un GPS.

Además, y es curioso, siempre se colocan mirando hacia el norte, como no queriendo perderlo, siempre mirando hacia el punto cardinal donde se encuentra su destino, hacia el que volarán apenas acabe el invierno. Quizá hacia la Selva Negra alemana, quizá  hacia Dinamarca, allá donde emigró Mayra con su querido Gregorio, quizá hacia Noruega… en definitiva, hacia el norte, en busca del estivo a miles de kilómetros, una distancia enorme surcada  por algo tan pequeño que bien merece ese apelativo magnánimo… El Almirante Rojo.

La foto la tomé ayer. Salí a tender la ropa de deporte, y tras dar sus cuatro vueltas de reconocimiento, el Almirante Rojo, de a saber qué generación de bragados almirantes, volvió a posarse, para después dejarse retratar. A fin de cuentas, un almirante que se precie debe tener su retrato. Después simplemente lo observé, observé su grandeza pese a sus reducidas dimensiones, observé esos detalles de la vida, que por la manera tan absurda de vivir que tenemos, dejamos pasar sin más, con lo sencillo que es dejarse llevar, dejarse cautivar por la presencia de seres asombrosos como el Almirante Rojo.

Un día de estos  este almirante emprenderá el vuelo y ya no lo veré más… pero llegará otro. He tenido la suerte de que hayan marcado  mi balcón en sus cartas de navegación biológicas, y lo hayan considerado puerto refugio para pasar el invierno, un puerto que consideran suyo pese a que el alquiler lo costeo yo. Pero bien pagado está, bien rendida queda mi plaza si es ante seres, fascinantes apenas se lea sobre ellos, como el Almirante Rojo.

 

miércoles, 27 de noviembre de 2013


LA TARDE DE LAS RISAS

1985… no recuerdo el mes, pero puede que fuera finales del verano. Creo que ha sido el día que más me he reído en mi vida… aquella tarde con Juanma. Nos fuimos los dos a recorrer el Charco de los Hurones en piragua durante tres días, haciendo noche donde nos pillara. En realidad el pantano se puede recorrer entero en una sola jornada, pero no había prisa. Estábamos en una edad en la que caminar  por una pista forestal durante  ocho kilómetros,  cargando con dos piraguas y las mochilas con víveres para tres días, para poder llegar al pantano, no nos afectaba lo más mínimo, ni física ni anímicamente.

Eso de tener coche propio a esas edades, no resultaba tan sencillo como hoy en día. Lo más que pudimos hacer el primer día, fue dejar las piraguas y los equipos a pie de carretera, después de haberlas transportado en el coche del padre de Juanma de manera clandestina. La historia de esa primera parte se las trajo también, pero la contaré en otra ocasión, así que vuelvo a la última tarde de nuestro periplo.

La foto de marras nos la hicimos la última tarde, finalizado el periplo de navegación por el pantano. El caso es que tocaba recorrer por tierra el camino de vuelta  cargando con las dos piraguas,  ya liberados del peso de los víveres, aunque cargando con los desperdicios, como tipos civilizados y comprometidos con el medio ambiente que éramos, en tiempos en los que no había tantos soplapollas del ecologismo de galería.

Juanma y yo somos de risa fácil cuando estamos juntos, y pasó que aquella tarde nos dio por la risa tonta, de manera que apenas dábamos unos pasos cargando con el material, bastaba que alguno dijera alguna gilipollez, para que acabáramos revolcados por el suelo. La cosa se puso seria, porque no éramos capaces de recorrer diez metros sin acabar desternillados.

En estas Juanma, preocupado porque nos iba a caer la noche encima, me dijo en tono grave… Pepe, si ves que te va a entrar la risa, mira hacia arriba. Total, que nos pusimos manos a la obra.

 Juamna iba delante, y yo detrás… Recorrimos unos metros y en estas veo que Juanma empieza a mirar hacia arriba… Automáticamente  acabé rodando por el suelo riendo de tal forma, que aquello ya resultaba una tortura, del dolor de barriga que nos estaba dando. Si digo que nos pegamos así una hora, seguramente me quedo corto.  Se puso la cosa tan jodida, que al final optamos por acercarnos a un cortijo y le pedimos permiso al dueño para dejar las piraguas en un cobertizo que tenía, comprometiéndonos a recogerlas otro día con el coche del padre de Juanma, porque veíamos que no íbamos a llegar nunca a la carretera.

La foto cuelga en mi habitación, y Juanma tiene otra igual colocada en el salón de su casa. Creo que ha sido una de las veces que más nos hemos reído, y creo es esta es la foto que mejor refleja aquellos tiempos felices que sellaron para siempre nuestra amistad, con la suerte de haber podido disfrutar con plenitud de la naturaleza, con largas conversaciones nocturnas a la luz de un fuego incluidas, algo impensable en los tiempos que corren.

Ya lo dice Lobita… destiláis una felicidad inmensa y por eso me gusta tanto esta foto.

 


jueves, 21 de noviembre de 2013


Apenas me reconozco en ti…

Te recuerdo soñador, feliz en tu mundo, sin prisas por crecer. Jugando con tus amigos, jugando con tus primos, o jugando con tus amigos imaginarios, esos que cubrían tus flancos en las aventuras imaginarias que te montabas.

Tus montañas eran infinitas, tras ellas apenas había otras ciudades, otras carreteras, y ni siquiera había autovías, si acaso caminos polvorientos por las que circulaban carretas perseguidas por los indios.  Los postes de telégrafo eran de madera, las traviesas de la vía del tren también, y los destinos de esos trenes eran infinitos como tus montañas, con estaciones que se identificaban más por sus formas que por sus carteles...  Estaciones con parras, estaciones con árboles frutales, estaciones majestuosas con azulejos y estructuras distintivas.

La luna te parecía más grande, los ríos más caudalosos, los animales ordinarios te resultaban exóticos, y cualquier bosquecillo era una selva. Disparabas con rifles de palo, navegabas en buques de lona surcando los mares del Sur, volabas en un Spit Fire de cartón y emulabas los ruidos de los motores con la boca.

El mar era más grande, más limpio y tu corazón también. Tus metas apuntaban a tu presente, pues el futuro quedaba lejos, no había prisa…o eso creías.

Fue pasando el tiempo, los días se fueron acortando, fuiste creciendo y casi sin darte cuenta, se fue resquebrajando tu inocencia… empezó a desdibujarse tu sonrisa, empezó desdibujarse tu recuerdo y empezaron a marcarse los surcos en tu piel. Llegaron las obligaciones, las prisas, las responsabilidades, el placebo del reto para justificar los esfuerzos para no se sabe qué.

Los amigos ya no tienen tiempo para casi nada y a algunos los perdiste para siempre, a los primos apenas los ves y a tus amigos imaginarios los destruiste a medida que te fue golpeando la realidad.

Tus montañas menguaron, tras ellas proliferan las grandes ciudades, los nudos de carretera, las torretas metálicas copan los montes y ya no hay telégrafo con postes de madera. Las traviesas son de hormigón, los trenes corren más, pero los destinos  han pasado a ser estaciones sin alma, cortadas por el mismo patrón, sin parras, sin azulejos, sin estructuras distintivas, estaciones impersonales,  solo distinguibles por el nombre de sus carteles de metacrilato.

En la luna casi no reparas, los ríos están secos o se salen de madre, los animales ordinarios se hacinan en  granjas extensivas, y los exóticos simplemente desaparecen como las selvas. Disparaste con fusiles que matan la esperanza y destruyen los sueños, navegaste en buques que no iban a donde tú querías y volaste cuando tocaba volar, protegiendo tus oídos del ruido ensordecedor.

El mar sigue igual de grande pero más sucio, y tu corazón también. Tus metas  quedaron atrás y ni te diste cuenta con tantas prisas que no te condujeron hacia ninguna parte…

Y ahora… A penas te reconozco amigo, apenas me reconozco en ti, y me apena no poder hacerlo.

Ya no soy quien fuiste, ni seré quien soy… pasaré como pasaste tú, como una puesta de sol que nunca se volverá a repetir en los mismos términos, así hasta que simplemente no se repita más. Para entonces, nos habremos desdibujado todos… tú, yo y el futuro yo, que quizá me contemple un día como ahora te contemplo  a ti… sin reconocerse en mí.

JM Arroyo

 


domingo, 20 de octubre de 2013


ALGUNAS VECES IMAGINO

Algunas veces, en los días desapacibles como hoy, esos que coinciden con circunstancias desapacibles que solo te dan opción a refugiarte en los pensamientos, imagino que estoy a bordo de un velero, que bien podría haber sido este que aparece en esta ilustración realizada por mí, y que regalé a unos buenos amigos… o quizá, por remontarme a otros tiempos en los que hubiera encajado mejor, pongamos que a bordo del bergantín Beagle, al mando del capitán Roberto Fitzroy a finales de 1828.
Me imagino en el Beagle, fondeado en el canal del mismo nombre, frente a la población de Ushuaia, allá en la Patagonia Argentina, esa tierra hermosa y por entonces indómita, de la que tantas veces me habló mi tía Juli. Imagino a una tripulación exhausta, pero satisfecha y orgullosa  por haber superado el capeo de los  temporales, en ocasiones infernales, que se generan  por la zona del cabo de Hornos. Los imagino como estaría yo, deseoso de conocer nuevos territorios inexplorados, de esos que aún quedaban por aquella época en el último confín de la Tierra. ¿La recompensa? Quizá bastara con estar en el rol del buque cuyo nombre dio al canal, un reconocimiento que prevalecerá en los anales de la historia.

Un par de días para recuperar fuerzas, y después a los botes, para hidrografiar el canal Murray o para explorar Isla Hoste en la orilla chilena del Beagle, y contactar con los indios Ona, con los que a lo mejor me habría quedado… quien sabe.

Por las noches escribiría cartas a la luz de un candil, relatando mis aventuras y desventuras, misivas que quizá llegarían al destino mucho después de haberlas espichado, tal vez atacado por un puma, o a causa de una pulmonía. Las cartas  serían leídas por la familia  al calor de una chimenea, o por los amigos en la taberna de marras, cartas leídas en voz alta mientras saborean unas pintas y brindan a mi salud y por los viejos tiempos. Esas cartas, puede que las guardara alguien en alguna parte, y puede que con el tiempo, fuesen descubiertas por las hijas, por los nietos, o por el hijo de un amigo, cartas amarilladas por el paso del tiempo, pero con todo su contenido intacto y la esencia que imprime  un texto escrito de puño y letra, esos trazos únicos que definen a quien cuenta la historia.

Me gusta escuchar el sonido del viento, y a propósito, dejo una rendija de la ventana abierta para que silbe, imaginando que lo que silban son las jarcias del velero. Imagino historias en mi cuarto, sentado en un sillón, mientras pierdo la mirada en el cielo y escucho alguna banda sonora que evoque los sonidos del mar. Lo hago para descansar un rato de estas circunstancias que me mantienen encallado en una costa yerma y desangelada, en la que no queda nada por explorar, un lugar que no da para escribir  sobre  temas de  descubrir tierras vírgenes o sobre grandes aventuras.

En este mundo  apenas se escribe ya con pluma sobre un papel, y  apenas nadie lee en voz alta para que otros escuchen las  historias mientras se toman unas pintas. La gente, sencillamente ya no escucha historias, solo se embute en las nuevas tecnologías para conectarse con quien no ven mientras ignoran a quien tienen al lado.

Lo que silva es la ventana entre abierta de un bloque de apartamentos  y lo que me saca del trance son los gritos de un vecino que está viendo un partido de futbol.  Lo que escribo, con independencia de que sea una aventura, una desventura o una mierda pinchada en un palo, no amarilleará en un papel, ni será descubierto por nadie  con el paso del tiempo con la misma intriga que pueda generar una carta escrita sobre un papel amarillado por el paso de los años, papel pasto de los lepismas, esos insectos devoradores de almidón que campan por sus respetos amparados  entre las hojas de los libros.

 El texto se perderá en el infinito de una red virtual que devora infinidad de información sin apenas procesarla, un texto escrito con caracteres estándar, tipo Arial para más señas, que no dice nada sobre mí, un texto transferido por los golpes secos a un teclado.  

Será leído, quizá hoy y puede que mañana, pero después  se difumará hasta desaparecer, sin dar oportunidad a que un día, una hija, una nieta o el hijo de un amigo, descubra una carta amarillada por el paso del tiempo, que cuenta una historia de su puño y letra, aunque no sea la del capitán Roberto Fitzroy y su intrépida tripulación, sino la de alguien que sueña con veleros y territorios inexplorados, sentado en el sillón de su casa, mientras escucha el silbido del viento por su ventana, mirando al cielo o realizando unos trazos en papel Guarro con un una estilográfica y algo de tinta china, intentando recrear su fantasía… todo para descansar un rato de las circunstancias.

 

J.M. Arroyo