viernes, 25 de octubre de 2019


QUINCE AÑOS DESPUÉS…

Leo que en Madrid, una señora ha sido encontrada muerta en su domicilio quince años después  de su fallecimiento, sin que hasta hace poco, una sobrina la echase en falta... quince años después. Este es uno de tantos casos, que cada vez se producen con más frecuencia.
España es un país de contrastes extraños. Por una parte, ancianos que mal viven y fallecen, olvidados en sus casas o en asilos de mala muerte, sin que sus familiares se ocupen de ellos, ni yendo con una vela para el entierro.
Por otro, abuelos o bisabuelos, desaparecidos en aquella  guerra ya lejana, que son buscados por sus nietos o bisnietos, cuando algo me dice, si me atengo a la dinámica de los tiempos que corren, que si los tuvieran vivos, pasarían tres pueblos de ellos, salvo en contadas excepciones.  
Me constan personajillos que enarbolan, reivindicativos ellos, la bandera de sus abuelos o bisabuelos desaparecidos en la guerra, pero que pasan de sus padres o de sus abuelos vivos. Así de hipócritas son. Utilizan para sus fines a sus parientes desaparecidos, obligados por la pertenencia al grupo, necesaria para llenar el vacío de sus vidas. Necesitan remover los muertos del pasado, porque no saben construir un futuro para ellos mismos, ni un presente mejor para sus mayores vivos. Para este tipo de gente y para determinada izquierda, García Lorca les vale más muerto que vivo.
En mi familia, visitábamos a nuestros abuelos casi a diario cuando los teníamos cerca, y si estábamos fuera, los llamábamos todas las semanas. Los llevábamos acá y allá, escuchábamos mil veces las mismas historias que nos contaban, pero hacíamos como si la escuchásemos por primera vez. Cuidamos de ellos cuando enfermaron, y los enterramos dignamente y los lloramos cuando fallecieron. Nunca se sintieron solos. Por cierto, nunca hablaban de la maldita guerra, incluido el que se chupó unos años en una prisión franquista por sus ideas, que en todas partes cuecen habas.
¿Cuántos abuelos de hoy pueden decir lo mismo de sus nietos? Los habrá, pero las estadísticas no hacen más que alertar sobre la cantidad de ancianos que mueren en la más absoluta soledad, en algunos casos permaneciendo sus cadáveres en una cama o tirados en el suelo meses, años, o quince años, sin que nadie les echara de menos.
No digo con todo esto, que no se busque a los desaparecidos para honrar su memoria, eso por descontado. Lo que digo es que, puestos a priorizar, primero los vivos y después los muertos, o ambas cosas a la vez. Que los vivos no tengan que morir en el olvido, y que salten las alarmas quince años después, porque una sobrina cae en la cuenta, porque el buzón está a reventar, porque una cuenta se queda sin fondos y se suspenden los pagos, o porque en el pasillo huele a muerto.




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