martes, 8 de octubre de 2019


A VUELTAS CON EL CICLISMO. UN SEÑOR DIGNO.

El levantito estaba gracioso cuando llegué al muelle del Trocadero de Puerto Real. Paré mis cinco minutos de rigor para otear la bahía, y después emprendí el regreso a El Puerto con el viento a favor, cuanto menos, no en contra.
Fue por los Toruños cuando me crucé con él, que sí llevaba el viento en contra. Vestía camisa azul, pantalón largo de tela gris, unos zapatos de deporte del montón, y una gorra azul. La bicicleta, una vieja Orbea, al menos tan vieja como él, que rondaba los sesenta. Llevaba una caja de frutas en el trasportín trasero, y otra colocada en el manillar, debidamente amarrada con cabuyería. En la de atrás un voluminoso paquete envuelto con una tela, y delante, otras cosas metidas en bolsas de plástico.
Allá que iba el señor, despacio pero sin pausa, por donde Cristo perdió las chanclas, pedalear cansino, levante en contra, con la mirada de un soldado derrotado, pero con la dignidad de quien ha luchado hasta agotar la munición. Apenas reparó en mí, pues bastante tenía con el esfuerzo de llegar a saber dónde, pero yo no pude evitar fijarme en ese señor digno. Aunque a lo mejor es un hijo de puta y se tiene bien merecido el castigo… porque aquel hombre no pedaleaba por placer, lo tengo claro, pedaleaba porque le ha tocado en suerte, la suerte de los malditos. Nada que ver con la de los payasos de colorines que circulan por esos lares por puro placer, los de las bicis de a dos mil leuros el cuadro, ruedas aparte.
Al llegar a mi casa tres cuartos de hora después, me tomé una rubia fresca y pensé en aquel personaje. Me pregunté por dónde iría, si habría llegado a su destino o seguiría rodeando la bahía de Cádiz por su zona oriental. Me pregunté si tendría la suerte de poder abrir un frigorífico para sacar un tercio de cerveza y, glon, glon, glon, saciar la sed del mediodía después de pedalear por casa Dios. Y es que, aun no teniendo demasiado, nos quejamos de vicio, quizá porque tenemos más de lo que merecemos.

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