miércoles, 18 de septiembre de 2019


EL TROPEZÓN DE LA REINA.

Descendió la reina de su carroza real, de su coche blindado, o como se diga ahora, y enseguida se entregó al populacho pro monárquico que se desparramaba en halagos para su majestad, qué guapa eres, viva la reina, morimos por ti y esas cosas.
Su realeza estaba tan centrada en corresponder a sus lacayos, que no reparó en un traicionero bordillo, probablemente republicano, que pudo haberla llevado a la tesitura de romperse los piños reales, lo que hubiera sido un real escándalo.
La reina no podía tolerar semejante descuido por parte de sus escoltas. Vale que tuviera que estar pendiente de dónde pisaba cuando era plebeya, pero ahora es la reina, cagüendios, y no puede centrarse en asuntos banales. Así que pilló por banda a un escolta despistado al que llamaremos Manolo y le dijo en su real tono; “No me has avisado del escalón, casi me mato”
Y es que los escoltas de hoy solo piensan en tocarse los güevos, en particular, el tal Manolo. Manolo creía que con estar preparado para recibir un balazo o una puñalá trapera para proteger a la reina, bastaba, pero qué cojones. Manolo tendría que haber advertido también la amenazadora presencia del bordillo republicano, o quizá anarquista, y haberse tirado en plancha para procurar amortiguar el cebollazo real de su majestad la reina. ¿En qué pensabas Manolo?
Lo que no captaron las imágenes, fue lo que pasó después, ya de vuelta en la Zarzuela. El escolta Manolo, abochornado, invadido por la vergüenza, tiró de honor para remediar el asunto en plan bushido. Sisó  de la cocina real un cuchillo de trinchar pollos reales, se arrodilló, y se desentrañó, o como decimos por el sur, se metió un tajaso en la tripa, según el ritual del seppuku o harakiri. Le faltó que le cortaran la cabeza, pero no había nadie que se prestara a ello, aunque antes de diñarla, lanzó un solemne viasspaña y viva la reina, que te cagas.
A la reina no le hizo real gracia que el tal Manolo desparramara sus plebeyas tripas en la sala de visitas, qué ordinariez,  así que bronqueó al cocinero por el descuide del cuchillo, y a los limpiadores reales, por no haber estado prestos a recoger la casquería del escolta, a tiempo de evitar que se manchara la alfombra de la Real Fábrica de Tapices. Manda cojones reales el asunto.    


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