Se caracterizan por su pack ideológico cerrado y los hay en las dos vertientes. Replican textos e idearios de terceros elevándolos a la categoría de dogma. Cuando se dogmatizan los ideales o las creencias, se cierra la puerta al debate y la reacción frente a quien opina diferente pasa, en el mejor de los casos, por negarse a ofrecer una contrarréplica argumentada, generalmente porque carecen de argumentos sólidos. En los casos más peliagudos recurren a las etiquetas y al insulto.
Los dogmas no toleran la
autocrítica. Cuando el líder político o espiritual comete una tropelía, los súbditos
le dan la vuelta y acaban acusando a terceros por lo que hicieron a su vez: se
agarran a la célebre frase de Roosevelt <<Es un hijo de puta, pero es
nuestro hijo de puta>>. Da igual lo que hagan, sea lo que sea estará bien
y pondrán el filtro en el opositor.
Este tipo de personas también se
caracterizan por buscar el reconocimiento del grupo y para que sean admitidos
tienen que asumir la disciplina del mismo. Suelen ser personas inseguras, con
poca autoestima, generalmente acomplejadas o con algún tipo de trauma, que
necesitan ser dirigidas. Si en un momento dado llegan a ser conscientes de que
su grupo ha cometido una acción reprochable, carecen del valor necesario o de
la capacidad de crítica para decir, esto no es correcto, por miedo a ser
expulsados, pues fuera del grupo se sienten inseguros.
Este tipo de personas tiende a
pensar que, si alguien realiza alguna crítica que incomoda a su grupo
ideológico, religioso o de lo que sea, es porque pertenece a otro grupo, como
si en este mundo no hubiese personas independientes y con capacidad crítica.
Este otro fenómeno se observa a
diario en las redes sociales: criticas la negligencia del político de turno
—independientemente de su color— y la respuesta inmediata es un clásico <<pues
mira lo que hizo el otro>>. Se asume automáticamente que cuestionar a
unos te convierte en cómplice de los contrarios y, por tanto, en alguien
dispuesto a justificar los desmanes de los suyos. Es la dictadura del blanco o
negro; una visión binaria donde los matices no existen.
En definitiva, son personas
fácilmente manipulables por los distintos grupos, ya sean partidos políticos,
entes religiosos, deportivos, mafiosos o de cualquier otro tipo. En la
vertiente política, en este país hay mucho de esto, personas que votan con el
corsé ideológico apretado hasta la asfixia, con el pack cerrado y elevado al grado
de dogma. Con este percal se entiende que sigamos estancados mientras mangantes
de uno u otro signo campan a sus anchas. Ahora están estos, luego estarán los
otros y seguirán amparados por sus respectivos incondicionales disciplinados y
obedientes, prestos a escuchar solo lo que les gusta y a cerrar la puerta a
cualquier debate que implique razonamiento o autocrítica. Son personas que
lejos de aportar a la sociedad, restan.
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