Siglo XXI. Una joven se tatuó una sílfide en el brazo: pasaron los años y la sílfide se transformó en una cáscara de plátano maduro. Un joven se tatuó un toro en el pecho: pasaron los años y el toro se transformó en una vaca famélica. Otros se tatuaron su historia en todo el cuerpo: pasaron los años y la historia se desdibujó como un mapa que no conduce a ninguna parte.
Hubo un tiempo en que la tinta fijaba en la piel lo sagrado
o lo imborrable; hoy solo pretende fijar la moda del verano que viene. En un
mundo donde la piel dejó de contar historias sagradas para volverse escaparate
de modas pasajeras, prefiero la honestidad de un lienzo en blanco. Para qué
gastar tinta en vano, si al final nadie se fijará en esas manchas como cortinas
que cubren un escaparate desmantelado y polvoriento.
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