miércoles, 16 de julio de 2014


EL PACIENTE Nº 1 DE LA HABITACIÓN 304

Un lunes 7 de julio de 2014 acabé hospitalizado en da igual qué hospital, a cuenta de un cólico nefrítico que me hizo ver las estrellas sin necesidad de telescopio. Retorcido como una maroma, fui a parar a la habitación 304, siendo yo el paciente nº 2 de la misma.
Al entrar vi al  paciente nº 1 de unos cincuenta y tantos, que tenía un aspecto bastante lamentable. Acompañándolo, había un sujeto de su quinta que, apenas entré y sin haberle hecho  la mínima pregunta, pues yo no estaba para conversaciones,  me puso al corriente, con marcado acento argentino, de su situación y de la del pobre hombre que yacía maltrecho en la cama. El argentino no me dijo su nombre, pero sí mencionó el de su hermano, que se llamaba Ricardo.
 
Según me relató en un plis-plas, su hermano había sufrido un derrame cerebral y no era el primero por el que pasaba. Como consecuencia de ello quedó afectado su hemisferio izquierdo, provocándole una afasia que le impedía expresarse oralmente y que paralizó  su extremidad superior derecha, detalles de los que me apercibí  casi de inmediato. También me contó que él era el único familiar que tenía cerca, que su hermano Ricardo estaba divorciado y que tenía un hijo de corta edad de los que recibió fugaz visita, sin que hubieran vuelto más.

Después de contarme esos detalles, el argentino, con ganas de cháchara, empezó a lamentarse, más que por la situación  del hermano, por la suya propia, por eso  del trastorno que le suponía tener que venir por las tardes al hospital para atender a su allegado. Así que, pese a que no estaba en mis mejores momentos de lucidez, cacé al vuelo la situación de Ricardo…además de jodido, estaba solo.
Tras darle de comer con desgana y de contarle los contratiempos que podría tener para venir a verle al día siguiente, el hermano de Ricardo se marchó, mientras este permaneció en silencio mirando al techo con cara de resignación. Gracias a los efectos de los calmantes, aproveché para reponerme un poco de las horas  anteriores en las que estuve doblado a cuenta del maldito cólico, maldiciendo la hora en la que me tocó, pero pronto empecé a tomar  consciencia de mi buena estrella, si la comparaba con la triste luna de mi compañero de habitación.
Poco antes de la cena me llegó cierto hedor a orín, sospechas que se confirmaron cuando entraron las auxiliares y comentaron… maldita la hora en la que le quitaron la sonda, este pobre se ha meado encima. Fue mi primera toma de contacto con la rutina de mi compañero de habitación…

-  Ma ma ma ma má… 
-  ¿Qué quieres Ricardo?  - Le preguntaban las enfermeras.
-  Pa pa pa pa pá… -  Respondía Ricardo señalando hacia los pies de la cama con su mano izquierda.
Quizá quería que se la subieran, quizá que se la bajaran, quizá quería que lo subieran un poco más hacia la cabecera, o que le acercaran más la mesita. Dependía de la perspicacia de la sanitaria de turno o de las ganas que tuviera de prestarle atención, para que los pocos deseos del pobre Ricardo se cumplieran. Pa pa pa pa pá… ¿Te subo? … no… ¿Te bajo? …sí, ma ma ma ma má… Era todo lo que Ricardo podía expresar aparte de señalar con la mano útil… pa pa pa pa pá…ma ma ma ma má… si… no. Expresiones clásicas de los que padecen afasia.

El segundo día de mi estancia en aquel reducto de tormentos, a primera hora de la mañana, Ricardo nos dio un buen susto. De buenas a primeras empezó a sufrir unas convulsiones terribles,   una especie de ataque epiléptico. Tenía la mirada extraviada, el rostro desencajado, la lengua torcida y se convulsionaba como si le estuvieran dando descargas eléctricas.
Mi reacción fue  levantarme del catre cagando leches con el gotero en una mano, mientras que con la que me quedaba libre, le sujeté para impedir que se cayera de la cama, en tanto mi querida esposa, que por suerte en esos momentos estaba allí, corrió hacia al pasillo para buscar a las sanitarias, las cuales andaban desperdigadas por toda la planta, desbordadas por sus tareas a cuenta de los malditos recortes de personal.
Llegaron con  refuerzos tan pronto como pudieron y se hicieron cargo de Ricardo. Debido a la importancia del episodio, se lo llevaron a la sala de observación para tenerlo monitorizado. Cuando se lo llevaron, se hizo el silencio en la 304. Me quedé mirando un buen rato por la ventana, que estaba junto a mi cama y que tenía buenas vistas, pensando que después de todo, aunque me tocó la china, yo era un tipo afortunado.
Una piedra danzaba por mis entrañas, pero eso era una nimiedad comparado con lo que sufría el pobre Ricardo. Además de su afasia y de sus problemas para comunicarse, sus pulmones estaban tocados. A penas le quedaban venas aptas para la punción, y rara era la vez que un catéter le duraba más de un día en la misma vía. Así tenía el pobre la piel, amoratada y dolorida, así se lamentaba amargamente cada vez que le manipulaban las agujas… no no no no no… ma ma ma ma má… no no no no…
Aunque las sanitarias lo lavaban a diario, había evidencias de descuido que se reflejaban en la longitud de las uñas de manos y pies, y en su descuidada barba de días. Además el pobre se cagaba y se meaba encima cada dos por tres, y podía pasar así un buen rato hasta que alguna auxiliar se daba cuenta y podía atenderle. El pobre Ricardo era lo más parecido a un despojo humano, un ser denigrado,  dejado a su suerte en muchos aspectos… Con razón, como dice una canción, había una luna triste en su mirada. Así que… qué autoridad moral tenía yo para quejarme de nada.
Ese mismo día, a esto de la media tarde, volvieron a traer a Ricardo a la 304, sedado y conectado a la toma de oxígeno. Al poco apareció el hermano, ajeno a todo lo que había sucedido…

-   Hola, qué tal estás vos – Me preguntó -  Yo estoy agotado del trabajo y ahora, pues ya sabés…toca esto…
-  Yo estoy bien – respondí con desgana - pero su hermano Ricardo sufrió una crisis esta mañana       ¿No se lo han comunicado?
 -  No jodás… Iré a preguntar.
Con estas salió a preguntar, y cuando regresó, puesto que su hermano Ricardo no estaba para cenas, y yo me hice el atolondrado, se dedicó a resolver cuestiones de trabajo por teléfono, hablando en voz alta, sin consideración alguna por su pariente y por los que estábamos allí guardando silencio para no turbar el descanso. Cuando dejó de joder con sus llamadas de negocios,  se dirigió a su hermano, que no debía escuchar nada, pero con todo, como por cumplir,  le dijo que al día siguiente no podría venir a verle porque iba a estar muy ocupado, tal y tal, Pascual. Después se marchó con frialdad, como quien deja resuelto un inconveniente doméstico sin trascendencia.

Al día siguiente Ricardo estaba mejor, y volvió a su rutina… ma ma ma ma má… no… pa pa pa pa pá… sí. Y las enfermeras y auxiliares, las pobres, hechas un lío porque no lo entendían. Cambio de agujas, gritos de dolor, cambio de pañales, cambio de posición de la cama, y una nueva variante que descubrí… la TV. Una de sus pocas distracciones, por no decir la única, era la TV, y por alguna razón, su canal preferido, de los que en ella podían verse, era Tele 5 y el maldito Sálvame. Estaba claro que había algo más que no funcionaba bien en su cerebro.

 A las 48 horas de estar con él y prestarle un poco de atención, aprendí a interpretar su peculiar lenguaje. A fin de cuentas eran pocas las variantes de lo que podía pedir el hombre, y por eliminación, era sencillo dar con lo que quería. Su mundo se reducía a la cama con todos sus movimientos, a la mesa, a las incomodidades y dolencias físicas que padecía, y a la TV. Así que pronto me convertí en su intérprete, y en tanto no hubiera nadie más, le ayudaba en lo que podía.
-   Ma ma m ama má…
-   ¿Qué quieres, que te suba la cama?
-   Si… pa pa pa pa pá…
-   ¿Vale así?
-   Si…ma ma ma ma má…
-  ¿Quieres ver la TV Ricardo? ¿La Tres?
-  No
-  ¿La Cuatro?
-  No
-  ¿La Cinco?
-  Sí… pa pa pa pa pá… (y me indicaba que le subiera el volumen)

Ricardo en cierto modo me ayudó a mantenerme ocupado, sin llevarme al agotamiento, y entre Ricardo, la lectura, los paseos por el pasillo y las visitas de mi amada esposa, el tiempo pasó algo más rápido y la puta piedra, más desapercibida. Además agradecí a Ricardo que se conformara con la tele a un volumen moderado, tirando a bajo, pues así podía centrarme en la lectura, mientras que él se centraba en el dichoso Sálvame o en el Mundial de fútbol, aunque eso de centrarse era relativo. Pocas veces podía centrarse en algo, pues casi siempre estaba adormilado o vencido por la medicación.
La noche del partido del Mundial entre Argentina y Holanda, la TV estaba apagada. Yo no tenía interés alguno en ver el partido, pues estaba enfrascado con la lectura, leyendo sobre la pequeña glaciación que asoló Europa entre los siglos XVI y XVII. Pero pensé en mí colega, corrí la cortinilla que me separaba de él, y al verle despierto mirando al techo, le pregunté…
- Ricardo ¿Quieres que te ponga la TV? En la Cinco echan el partido Argentina-Holanda.
- Si… m ama ma ma má…

Así pues, me levanté y le puse la TV. Hacía un rato que una auxiliar había llegado con una sorpresa para mí, un tarrito infernal de 45 ml que se comercializa con el nombre de Fosfosoda, un evacuante intestinal compuesto de fosfato monosódico dihidratado y fosfato disódico dodecahidratado… vamos, un compuesto para cagarse patas abajo. No me quedaba otra, pues al día siguiente tenían que someterme a una prueba de contraste y los intestinos debían estar despejados. Me tomé el contenido del tarro con estoicismo, y al cabo de un rato, el producto del diablo comenzó a causar estragos.
Mientras Ricardo veía el partido, yo me iba de vareta en el retrete, durando la cosa casi todo el partido. En los penaltis, el Fosfosoda dejó de actuar con virulencia. Ricardo ya roncaba, y no era para menos, pues el partido debió ser de lo más aburrido. Esperé un rato no fuera que a la Fosfosoda le diera por actuar de nuevo y acabara cagándome encima como mi compañero de celda.
Ganó Argentina, me alegré por Ricardo aunque él no se enteró de nada, y me alegré por no haber tenido que volver al excusado, así que apagué la TV, apagué la luz y apreté el culo por si las moscas, echándome a dormir. Fue sobre las cuatro de la madrugada cuando me dio un leve apretoncillo, el último, así que fui de nuevo al WC y abrí compuertas. Después me acosté de nuevo pero me desvelé.
En mi desvelo comprobé que Ricardo roncaba más de lo habitual y que padecía apnea del sueño. Estuvo roncando al menos durante la hora y media que estuve despierto, con apneas que rondaban los treinta segundos. Después del episodio de las convulsiones, me estaba temiendo otro a cuenta de la maldita apnea, pero afortunadamente no pasó nada.

A la mañana siguiente, cuando le pasó visita su médico, se lo hice saber y tomó nota. El día transcurrió sin incidencias para Ricardo, que se pasó durmiendo casi toda la jornada y con las pelotas al aire, quizá agotado por la inquieta noche. El hermano de Ricardo ni apareció. Por mi parte me dieron buenas noticias. La piedra seguía en sus trece pero no obstruía el flujo del riñón, y como soportaba bien el dolor con la medicación suministrada por vía oral, decidieron que me darían el alta para el día siguiente.
Las enfermeras, medio en broma medio en serio, me decían que no querían que me fuera por eso de que les había echado una  mano con el pobre Ricardo, además temían lo que pudiera entrar después, ya que hay enfermos, que aun no estándolo tanto, son bastante más molestos de lo que pudiera ser incluso el desgraciado Ricardo. Pero sintiéndolo mucho por ellas y por  mi compañero de celda, estaba encantado de salir de allí.
Llegó el viernes 11 y a la hora de comer me dieron los papeles de mi liberación. Ricardo estaba despierto y creo que se olió la tostada. Me seguía expectante con la mirada, con los ojos bien abiertos, mientras yo iba y venía, esperando a que me retiraran el gotero. Llegada la hora, me vestí, recogí mis efectos personales, y con bastante pena, nos acercamos a la cama de Ricardo para despedirnos de él.

-   Ricardo… nos tenemos que marchar.
-   Noooo… noooo. (Esta vez no hubo pa pa pa pa pá… ni ma ma ma ma má…)
-   Tienes que animarte y ponerte bien. Ya verás, vas a salir pronto de aquí. ¿Verdad que sí?
Ricardo me miraba fijo, con los ojos muy abiertos mientras que yo le cogía la mano para transmitirle un poco de calor humano.

-  Anímate y pelea Ricardo, yo diré que te cuiden bien y preguntaré por ti ¿De acuerdo?

Ricardo se mantuvo en silencio, aunque su mirada habló por él… Aquellos ojos vidriosos y cansados me enviaron su mensaje, quizá de gratitud, simplemente por tratarle con humanidad y respeto, como me gustaría que me tratasen si estuviera en sus mismas circunstancias. Antes de pasar el umbral de la puerta, me giré de nuevo y le hice un saludo llevándome la mano a la frente, saludo al que correspondió con el mismo gesto.  Tuve la sensación de dejar atrás a un camarada,  la amarga impresión de abandonarle en el frente.
A medida que me alejaba caminando por el pasillo, no pude más que desearle para mis adentros una buena estrella y no una luna triste. Abandoné a su suerte a Ricardo, el paciente nº 1 de la habitación 304.

 


 

 

 

4 comentarios:

  1. Jolín.......................José María!!!!!.....me alegro que estés bien................vaya, vaya!!!!!...........Me entristece Ricardo, por desgracia es una película que esta muy de moda se llama soledad.

    Cuídate muchísimo y no nos des esos sustos.

    Besos

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    1. Soy indestructible querida Hada...No os libraréis de mí tan fácilmente. Besos.

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  2. Puto crack!!. No sabía que habías estado chungo. Te llamo en cuanto pueda. Por cierto, comparto con tu permiso.

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    1. Ná, tú sabes que me repongo de todas... Un abrazo Néstor.

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