El burka no es una tradición milenaria; es una herramienta política que se expandió globalmente a partir de los años 70 con el auge del wahabismo financiado con petrodólares. No es solo ropa, ni siquiera religión, es un proyecto infame de sociedad. ¿Hasta qué punto puede una democracia permitir que se cultiven en su seno semillas que niegan la igualdad de la mitad de la población?
Lo que más me sorprende es que la
izquierda española se haya posicionado hacia la tolerancia de estas prácticas,
tachando de fascistas a quienes, el burka, nos parece una aberración en vez de,
como he oído decir a un izquierdista espitoso “un instrumento de libertad”.
Según estos desnortados, que una
chiquilla de trece años tenga que ataviarse con un burka o un niqab por el mero
hecho de haber experimentado su primera menstruación, pasando a convertirse en
un ser “impuro”, es un acto de libertad… Lo que hace el consumo de
estupefacientes.
No confundamos, como pretenden
algunos para marear la perdiz, el burka o el niqab - prendas que impiden la
comunicación básica que constituyen un problema de dignidad de las mujeres, y de
orden público y de seguridad en general- con el uso del hiyab, ampliamente
utilizado de forma voluntaria por las mujeres musulmanas y que encaja
perfectamente con el concepto de libertad religiosa.
Que el proyecto para prohibir el
burka lo hayan propuesto las derechas, no los convierte necesariamente en
defensores entusiastas de los derechos de las mujeres, en particular en el caso
de la extrema derecha. Pero lo que tampoco procede es que la izquierda se
posicione en contra por el mero hecho de que lo ha propuesto la derecha.
Retorcer el discurso hasta ese punto, denota que lo importante para estas
izquierdas no son las necesidades del pueblo, sino el mero interés de
confrontar con la oposición en la lucha por el poder.
Es mi opinión, a lo mejor resulta
que por tenerla alguno piense que soy un fascista, pero no me preocupa lo más
mínimo. Le han quitado tanto peso a la palabra fascista que ya no insulta, solo
hace ruido, se ha convertido en el arma arrojadiza de quienes se han quedado
sin argumentos. Me produce el mismo efecto que unas pompitas de jabón lanzadas
a la cara por un crío travieso. El peligro subyace en que, entre tantos señalados
sin ton ni son como fascistas, fluctúen fascistas de verdad que,
paradójicamente, sean los mismos que hoy señalan con el dedo y tachan de
fascistas a los demás. Pongamos que hablo de izquierdistas wahabitas.












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