Tenía una luna triste en su mirada. No me refiero a la BSO de la serie Los Soprano, me refiero a un perro. Iba a bordo de un carrito de bebé, enfundado en una especie de albornoz para “perretes”, una humillación para la especie canina. Como digo, tenía la mirada más apagada que el sol en Laponia durante el solsticio de invierno. La chica que lo llevaba también, tal para cual que se dice.
Si llevar a un perro de esa
guisa, cual ser vivo más próximo a una ameba que a su especie, no es maltrato
animal, que baje “diosito perrete” y lo vea. Ese empeño por humanizar a las
mascotas y desproveerlas de sus instintos naturales debería estar penado con
garrote vil.
Lo que no había en el kit perruno
era una escupidera, por lo que deduzco que lo de cagar y mear queda para que lo
soporte el mobiliario urbano o la playa, en la que juegan mis nietos entre
restos fecales y orines, no solo perrunos, todo sea dicho.
Por cierto; hace poco una señora
mayor de mi barrio se rompió la cadera por una caída. Resbaló a causa de un
charco compuesto por orín de perro y agua jabonosa en una proporción de orín 75/agua
jabonosa 25”. Todo dentro de la legalidad, por tanto, que se fastidie la señora
y mis nietos también, que los “perretes” tienen sus derechos, faltaba más.
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