miércoles, 25 de febrero de 2026

THERIANS. ANTECEDENTES.

Pudiera ser que esto de los therians esté más hinchado de la cuenta. De eso se encargan las redes sociales, y en estos días, incluso los medios de comunicación “serios” que dudo quede alguno. Los medios afectos a las izquierdas ya se pronuncian en la línea de que esta viralización está urdida por la ultraderecha. Como si lo de fomentar las identidades tales como la no binaria, género fluido, agénero, otherkin, flamenquín o lo que sea fueran fabricaciones de la extrema derecha para ridiculizarlas después.

Pero por poner el foco en algo, voy a centrarme en los therians, que serán menos de lo que parece, pero haberlos los hay y, por haberlos, la cosa se puede salir de madre. Lo que le faltaba a la sociedad occidental para que nos borren del mapa.

No me extrañaría que ocurriese, porque esto se me antoja como la evolución de un proceso que vengo observando, relacionado con el auge de la posesión de mascotas que se ha puesto de moda y que conlleva la humanización de los animales, otra forma de maltrato animal desde mi punto de vista.

Hasta poco después de los 80, la gente tenía perros y gatos. Ambas especies estaban donde les correspondía por su naturaleza y conservaban sus instintos. Sin ser maltratados y siendo considerados como parte de la familia, pero salvando las distancias razonables con los hijos en lo afectivo, comían lo que sobraba, dormían en su manta o en su caseta, nada de subirse al sofá y mucho menos a las camas. Si se perdían accidentalmente, eran capaces de recorrer cientos de kilómetros y encontrar su casa. Hoy día un “perrete” se pierde diez minutos y muere en el acto de un paro cardiaco.

Bien entrados los 2000, la cosa empezó a desmadrarse debido al cambio generacional y a factores como la disminución de la maternidad y otros de índole emocional, sobre todo en las grandes poblaciones. En el primer caso, las parejas millennials, al no tener fácil lo de tener hijos, optaron por comprar una mascota considerándola como su “primer hijo”. Esto dio lugar a los “perrijos” y “gatijos”, que son más económicos de mantener y más fáciles de manipular.

En los casos de índole emocional, el motivo de tener una mascota era contar con compañía emocional con las ventajas de gozar de afecto y presencia sin las complicaciones de las relaciones humanas, lo que acabó dando lugar a personajes como la loca de los gatos de los Simpson.

Con la llegada de las redes sociales, el puto río se desbordó del todo. “Perrijos y gatijos” vestidos a la moda, paseados en carritos y tratados como si fueran bebés, fiestas de “perricumpleaños”, spas para michis, etc. Para colmo, se crea presión social y quienes no tienen una personalidad consolidada, son influenciados por el entorno y entran em la dinámica para no sentirse desplazados y formar parte de la identidad de grupo. Si no tienes mascota, no te relacionas con los demás, eres una persona extraña, moralmente inferior, etcétera.

Antes mandaba el dueño del perro (los que tienen gatos nunca han mandado un carajo sobre ellos) pero hoy día mandan los “perretes”, que es como los llaman ahora. Antes el perro iba por donde le marcabas, hoy día es, al contrario. Hace unos días vi a una chica con un arnés de braguero parecido a los que se usan en escalada, y sujeto a un mosquetón, tiraba de ella un perro. La “mamaperra” con un arnés y el “perrete” tirando de ella, gobernando la marcha literalmente, venga vámonos, que tengo ganas de cagar en la playa. Papeles invertidos que se dice.

 

Por tanto, y volviendo a lo de los therians no me extrañaría que el cambio de roles acabe en que los perros se humanicen y sus “papiperros” se animalicen.

Pero la naturaleza es sabia y aún queda un atisbo de esperanza. Vi unas imágenes de un therians que quiso interactuar con un mistolobo y casi acaba con un desgarro en la parte alícuota.  

Cada cual puede hacer lo que quiera con su vida, por supuesto, como si se tiran por los bloques, lo que no pueden imponerme es que lo acepte como normal. Por mucho que ladre, por mucho que levante una pata y se mee en una farola, por muy “perrete” que se sienta una persona, para mí seguirá siendo una persona, eso sí, con un serio problema mental.

Si me autopercibiera como una recortada del 12 con postas loberas, me llenara la boca de garbanzos crudos y los escupiese por la calle a bocajarro como en la matanza de Puerto Hurraco, no estaría más perjudicado mentalmente que ellos. Para más inri, algún psicólogo ha salido a la palestra para decir que es una forma que tienen los jóvenes de hoy para buscar su identidad, lo cual agrava más las expectativas. Que no me toquen los aparejos, que normal no es, en cualquier caso, como se normalicen estas idas de pinza será la puntilla para la civilización occidental, aunque a mis años empieza a importarme un ardite.

 

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