Pudiera ser que esto de los therians esté más hinchado de la cuenta. De eso se encargan las redes sociales, y en estos días, incluso los medios de comunicación “serios” que dudo quede alguno. Los medios afectos a las izquierdas ya se pronuncian en la línea de que esta viralización está urdida por la ultraderecha. Como si lo de fomentar las identidades tales como la no binaria, género fluido, agénero, otherkin, flamenquín o lo que sea fueran fabricaciones de la extrema derecha para ridiculizarlas después.
Pero por poner el foco en algo,
voy a centrarme en los therians, que serán menos de lo que parece, pero
haberlos los hay y, por haberlos, la cosa se puede salir de madre. Lo que le
faltaba a la sociedad occidental para que nos borren del mapa.
No me extrañaría que ocurriese,
porque esto se me antoja como la evolución de un proceso que vengo observando,
relacionado con el auge de la posesión de mascotas que se ha puesto de moda y que
conlleva la humanización de los animales, otra forma de maltrato animal desde
mi punto de vista.
Hasta poco después de los 80, la
gente tenía perros y gatos. Ambas especies estaban donde les correspondía por
su naturaleza y conservaban sus instintos. Sin ser maltratados y siendo
considerados como parte de la familia, pero salvando las distancias razonables
con los hijos en lo afectivo, comían lo que sobraba, dormían en su manta o en
su caseta, nada de subirse al sofá y mucho menos a las camas. Si se perdían
accidentalmente, eran capaces de recorrer cientos de kilómetros y encontrar su
casa. Hoy día un “perrete” se pierde diez minutos y muere en el acto de un paro
cardiaco.
Bien entrados los 2000, la cosa
empezó a desmadrarse debido al cambio generacional y a factores como la
disminución de la maternidad y otros de índole emocional, sobre todo en las
grandes poblaciones. En el primer caso, las parejas millennials, al no tener
fácil lo de tener hijos, optaron por comprar una mascota considerándola como su
“primer hijo”. Esto dio lugar a los “perrijos” y “gatijos”, que son más
económicos de mantener y más fáciles de manipular.
En los casos de índole emocional,
el motivo de tener una mascota era contar con compañía emocional con las
ventajas de gozar de afecto y presencia sin las complicaciones de las
relaciones humanas, lo que acabó dando lugar a personajes como la loca de los
gatos de los Simpson.
Con la llegada de las redes
sociales, el puto río se desbordó del todo. “Perrijos y gatijos” vestidos a la
moda, paseados en carritos y tratados como si fueran bebés, fiestas de “perricumpleaños”,
spas para michis, etc. Para colmo, se crea presión social y quienes no tienen
una personalidad consolidada, son influenciados por el entorno y entran em la
dinámica para no sentirse desplazados y formar parte de la identidad de grupo.
Si no tienes mascota, no te relacionas con los demás, eres una persona extraña,
moralmente inferior, etcétera.
Antes mandaba el dueño del perro
(los que tienen gatos nunca han mandado un carajo sobre ellos) pero hoy día
mandan los “perretes”, que es como los llaman ahora. Antes el perro iba por
donde le marcabas, hoy día es, al contrario. Hace unos días vi a una chica con
un arnés de braguero parecido a los que se usan en escalada, y sujeto a un
mosquetón, tiraba de ella un perro. La “mamaperra” con un arnés y el “perrete”
tirando de ella, gobernando la marcha literalmente, venga vámonos, que tengo
ganas de cagar en la playa. Papeles invertidos que se dice.
Por tanto, y volviendo a lo de
los therians no me extrañaría que el cambio de roles acabe en que los perros se
humanicen y sus “papiperros” se animalicen.
Pero la naturaleza es sabia y aún
queda un atisbo de esperanza. Vi unas imágenes de un therians que quiso
interactuar con un mistolobo y casi acaba con un desgarro en la parte alícuota.
Cada cual puede hacer lo que
quiera con su vida, por supuesto, como si se tiran por los bloques, lo que no
pueden imponerme es que lo acepte como normal. Por mucho que ladre, por mucho
que levante una pata y se mee en una farola, por muy “perrete” que se sienta
una persona, para mí seguirá siendo una persona, eso sí, con un serio problema
mental.
Si me autopercibiera como una
recortada del 12 con postas loberas, me llenara la boca de garbanzos crudos y
los escupiese por la calle a bocajarro como en la matanza de Puerto Hurraco, no
estaría más perjudicado mentalmente que ellos. Para más inri, algún psicólogo
ha salido a la palestra para decir que es una forma que tienen los jóvenes de
hoy para buscar su identidad, lo cual agrava más las expectativas. Que no me
toquen los aparejos, que normal no es, en cualquier caso, como se normalicen estas
idas de pinza será la puntilla para la civilización occidental, aunque a mis
años empieza a importarme un ardite.
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