Quedan pocos lugares con esencia. El turismo masivo ha convertido los rincones más recónditos en parques temáticos. He perdido el interés por viajar: los sitios que conocí hace cuarenta años ya no son ni la sombra de lo que fueron; aquellos refugios donde uno podía pasar inadvertido.
Solo nos queda la mar, el último
bastión indómito, sobre todo cuando se emputece. Si alguna vez me arrastra y no
me devuelve —como ya intentó otras veces—, que no me busquen. No hay mejor
lugar para quien siempre ha vivido de cara a ella, de ella y para ella. La mar.

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