Salí temprano para fotografiar
por las calles de Cádiz. Todo transcurrió con normalidad hasta que, a mediodía
en la Plaza de San Juan de Dios, un sujeto me chafó el rato de dispersión. Dos
metros de altura, de origen africano, apareció de la nada raudo y veloz con
talante amenazador, alertando a viva voz a otras personas de mi presencia,
entre ellas dos chicas magrebíes con velo, como si yo estuviera haciendo fotos
en un vestuario femenino. Vamos que, si me pillan unos cuántos como él, lo
mismo me linchan sin mediar palabra.
En los primeros instantes no
entendí nada, pero reaccioné con decisión pese a su envergadura y juventud,
pues bien podría haberme dado una paliza. Ante su actitud amenazadora, no me
anduve con rodeos y le paré los pies ipso facto preguntándole con la vena
hinchada, con qué autoridad venía a increparme cuando ni siquiera había sido
objeto de mi encuadre; de hecho, ni lo había visto hasta que se abalanzó sobre
mí. El tipo me replicaba a voces sin escucharme e invadiendo mi espacio,
queriendo llamar la atención de los viandantes para ponerme en un brete, pero en
cuanto le advertí que podíamos llamar a la policía para aclarar el alcance del
asunto, tocó retirada.
Las dos mujeres magrebíes que
presenciaron la escena se quedaron mirándome con cara de asombro, como si le
hubiera pegado una pedrada a un gato, porque para ellas, estaba claro que el
malo era yo. Les pregunté si habían entendido lo ocurrido. Una de ellas, que
hablaba español correctamente, me dijo que debía comprender al muchacho, porque
en las redes sociales a menudo publican imágenes descontextualizadas para
señalar o denigrar a ciertos colectivos. Le respondí que las suspicacias o las
convicciones de terceros del tipo que sea, no pueden cercenar mis derechos aplicándome
una especie de acusación preventiva en base a sus prejuicios. Le añadí un
argumento clave: que cuando uno viaja o se instala en otro país —da igual que
sea de Noruega, de Mozambique o de cualquier otro rincón del mundo—, lo lógico
es amoldarse a las costumbres, la legalidad y el respeto a las normas del lugar
de acogida, no pretender imponer sus criterios y costumbres a los locales.
Sería absurdo que un inglés me exigiera conducir por la izquierda en España
porque en la pérfida circulan así.
Poco después, cuando las dos
chicas siguieron a lo suyo, vi al sujeto de dos metros sentado junto a un colega
y otra chica de color ataviada con un velo, en la terraza de un bar en esos
momentos cerrado. Sobre la mesa tenían suvenires que estaban exhibiendo para la
venta, qué paradoja, ilegalmente. Decidí acercarme de nuevo con más calma, pero
con decisión, para explicarle el fondo del asunto: que no se puede aplicar la “acusación
preventiva" ni encararse con alguien por el mero hecho de llevar una
cámara colgada al cuello, dando por hecho que lleva malas intenciones.
Al igual que las dos chicas, como
si fuera una consigna aprendida en algún taller de ya se sabe quienes, me
refirió su temor al uso malintencionado de las imágenes, porque en las redes se
ha puesto de moda ese tipo de iniciativas por parte de energúmenos de extrema
derecha, o gentuza que busca likes en las redes a costa de denigrar a los
marginados. Comprendí su recelo, pero le razoné que, si tuviese una intención
artera, no utilizaría una cámara réflex que, por sus dimensiones, atrae todas
las miradas como él mismo comprobó, sino que recurriría a la discreción de un
teléfono móvil. Le expliqué, que la fotografía urbana es una disciplina
artística que no busca denigrar a nadie porque de otro modo no sería artística.
Además, le expliqué, que si viera una imagen suya subida a las redes sin su autorización,
puede exigir que la retiren e incluso cursar una demanda si lo considerara un
acto de denigración, que en esos casos sí le ampara la ley.
Dos metros entró en razón, me
pidió disculpas y me tendió la mano, gesto que correspondí. La chica del velo,
ni se inmutó, estaba allí como si fuera un mueble según sus costumbres, que en
mi caso respeté, porque ni se me pasó por la cabeza darle la mano no fuera
que... Preferí no reabrir el conflicto señalándole la paradoja de que, si
alguien incumplía las ordenanzas municipales en ese momento, eran ellos por
vender sin la correspondiente licencia, no yo.
Salir a disfrutar de la
fotografía donde hay gente se está convirtiendo en un deporte de riesgo debido
a la paranoia colectiva que surge al ver una cámara fotográfica, es como si el
fotógrafo blandiera un Kalashnikov; paralelamente, la sociedad tolera y
practica la grabación continua con móviles cada minuto del día y no pasa nada. Es
agotador tener que bregar con los prejuicios de cada hijo de vecino, la suspicacia
o el sesgo ideológico de cada cual.
Y sí, que venga un forastero -da
igual que sea de Yibuti o de Tromsø-, a enmendarme la plana en base a su cultura
o sus prejuicios por hacer algo que es legal en mi propio país, me toca los
cojones, como le sucede a ellos cuando viajas a sus lugares de origen y alteras
sus costumbres. La diferencia estriba en que en algunos países puedes acabar
lapidado o tiroteado por hacer cosas que aquí son legales, mientras que en esta
“españita nuestra”, tienes que estar dando explicaciones, no sea que se ofendan
y te tachen de fascista o racista. El único que demostró prejuicios fue el
amigo dos metros increpando a un abuelo que disfrutaba de la fotografía, aunque
se dio de bruces con uno con los cojones muy negros de rodar por la vida.
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