lunes, 2 de noviembre de 2026

MOTOBULOS Y LOS 166 MILLONES.

Me llama la atención que el Pablo de marras haya recurrido a un bulo, como si lo que está sucediendo no fuese lo suficientemente grave por sí mismo. El bulo que ha soltado el tontolaba del programa de marras – el de que España recibió 166 millones de euros para renovar la red ferroviaria- es irrelevante frente a la realidad que nos ha sorprendido como un tiro a bocajarro. Ha sido una torpeza por parte del que lo ha difundido, ya sea por mala fe, por ignorancia, por atraer a la audiencia de determinado sesgo político o por todo a la vez. Bastaba con contar la verdad y lograr su objetivo sin quedar como un imbécil.

Lo que ha sucedido es inasumible, como admitió Sánchez el hermoso con el cuajo que le caracteriza, pero sin tomar cartas en el asunto. Quien intente justificar a los responsables de estas tragedias por una cuestión de militancia política, tendría que hacérselo mirar, pero hay de todo en la puta viña de marras. Cuando escuchas a los técnicos de Adif y Renfe se te ponen los pelos como escarpias. Una buena amiga que trabaja en Renfe ya nos refirió lo mal que estaba todo en las vías antes del accidente de Adamuz. Y no es cuestión de que gobiernen unos u otros, porque la chusma política que tenemos está cortada por el mismo patrón, solo varía el color de la tela.

En este país se ha normalizado que los puestos de dirección vitales para llevar el control de las empresas estratégicas, sean ocupados por personas de perfil político en vez de técnico, y aquí tenemos el fatídico resultado. Seguirá siendo así porque una parte de la ciudadanía acaba llevando el asunto al terreno del enfrentamiento político, llegando al extremo de justificar los desmanes de los propios para revertir las irresponsabilidades señalando a la oposición.

Los contendientes políticos se sienten muy cómodos con este panorama y no dimite ni el barbero de la Moncloa, porque saben que, pase lo que pase, tendrán el respaldo de sus incondicionales, da igual quien gobierne. He llegado a escuchar a alguien decir que su patria es el partido en el que milita, que el país le importa un carajo, que ella no eligió dónde nació, que eligió a su partido. Si el partido se pudre por dentro como se pudría el forro de los navíos atacados por la limnoria, es lo de menos: siempre tienen la posibilidad de abandonarlo como las ratas.  A esos niveles de fanatismo estamos llegando y eso sí que debería preocuparnos.

¿Los bulos? Desmontarlos es fácil si hay voluntad. El problema está en que unos los difunden para manipular la realidad y otros los sobredimensionan para distraer la atención de lo mollar. Es la perversión del juego que los hace cómplices de las tropelías que comete la clase política española con total impunidad.