lunes, 28 de septiembre de 2026

SÍMBOLOS CON OBSOLESCENCIA PROGRAMADA.

Los instrumentos acaban rompiéndose con el uso, sobre todo si se utilizan mal. Llegados al punto de ruptura o de obsolescencia, se desechan. Que suceda con las herramientas no tiene mayor problema que el reemplazo de un objeto inerte que, obviamente, no siente ni padece. Pero cuando se instrumentaliza a las personas, ay amigo…

 En estos casos se repite la misma dinámica:

En primer lugar, la despersonalización. La persona concreta deja de ser tratada como un individuo con necesidades particulares y complejas, pasando a representarse como un símbolo.

Después aparece la explotación del conflicto. Se utiliza su dolor, la injusticia que se ha cometido con ella o su fragilidad, para movilizar audiencias, conseguir votos o generar enfrentamiento en redes sociales.

Finalmente llega el olvido, o como quien dice, el instrumento ya inservible se tira a la basura. Una vez que el caso pierde novedad o deja de ser rentable en el debate político o mediático, la atención se desplaza al siguiente suceso, dejando a la persona sin el apoyo continuo que su situación realmente requería.

 Además, resulta grotesco ver cómo decoran las reivindicaciones con actividades lúdico-festivas para que el asunto no pierda chicha entre las multitudes: hay que entretener a la masa para que no desista por aburrimiento ya que cuando las causas no calan de verdad en los corazones, resultan tediosas. Por eso transforman la tragedia humana en una atracción de feria: organizan eventos, campañas de hashtags para figurar en las redes sociales, concentraciones con estética lúdica que aprovechan personajes mediáticos para promocionarse o dar rienda suelta al autobombo, que corra la música y la bebida cual concierto al uso, etc. La víctima pierde el protagonismo, arrebatado por la experiencia colectiva de sentirse buena persona por participar en la manifestación multitudinaria, y qué cojones, además con divertimento.

Quienes de manera interesada organizan el cotarro, potencian el consumo de la empatía rápida que requiere sobredosis constantes de dramatismo y entretenimiento para mantener el clímax, lo que el sociólogo Guy Debord denominó la Sociedad del Espectáculo.

Finalmente llegará el hastío de la compasión. En cuanto “la causa” deje de divertir o conmover y no sea útil para la clase política y los colectivos de marras, se ignorará y a otra cosa mariposa. El problema prevalecerá porque quienes lo provocan no están dispuestos a renunciar a la posibilidad de seguir lucrándose, y quienes “lo combaten” no quieren que se solucione porque la solución del conflicto implica su disolución como colectivo o partido político, su única razón de ser.

Entre los residuos del espectáculo lúdico-festivo, hallaremos los corazones rotos de las personas instrumentalizadas, símbolos con obsolescencia programada que pasarán al olvido, como un diploma obtenido por la mejor redacción del mes en una clase de primaria.

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