viernes, 31 de enero de 2014


A LA CAZA DEL FLAMENCO ROSADO

Parece fácil ¿Verdad? Una persona podría ver estas fotos y pensar, bueno, son unas fotos normalitas, probablemente tomadas desde un cómodo mirador, con un teleobjetivo normalito, pero con bastante alcance. Habrá estado sentado tomándose un refresco mientras que esperaba pacientemente a que esas recelosas aves pasaran por delante, o lo mismo son flamencos en cautividad, anillados y muy sociables… Pero va a ser que no.
 
 
 

Resulta que para tomar estas fotos, lo primero que tuve que hacer fue localizar la bandada de flamencos rosados, y dar un enorme rodeo, ya que si iba directo hacia ellos,  al detectarme se irían apartando discretamente hacia la orilla opuesta, porque estas aves, al menos las de por aquí, no están acostumbradas a la presencia humana y se apartan al mínimo indicio de amenaza.

Tuve que  poner en práctica las técnicas del cazador furtivo, considerar la posición del sol para ser menos visible a las aves, la dirección del viento, para que los sonidos de mis pasos fueran menos audibles, y tuve que reptar literalmente entre la maleza que rodea la Laguna Salada, bastante tupida por cierto. No es que fuera camuflado al cien por cien, llevaba ropa verde y una gorra mimetizada, pero nada de redes para deformar la silueta, ni la cara tiznada, ni un gorro con forma de pato, o cosas de ese tipo.

El caso es que para llegar a estar a tiro de piedra de los flamencos y al alcance razonable de lo que es un 200 mm modesto y poco luminoso, tuve que emplearme a fondo y enfangarme literalmente. La vegetación era tan espesa, que  dudé si llegaría a la orilla sin ser oído por las recelosas zancudas. Pero tenía claro que como no tendría oportunidad alguna, era no intentándolo.

Cuando inicié la aproximación final, tuve que reptar unos 50 m. Sabía que estaban al otro lado de los juncos, pero no podía distinguirlos. Tampoco los escuchaba, lo cual era buena señal, pues indicaba que no habían detectado mi presencia. Cuando detectan una amenaza, los flamencos  emiten un graznido característico a modo de aviso. En los últimos metros los vi a través de los juncos, de espaldas, distraídos acicalándose el plumaje… los pillé en bragas.

Como esperaba  que me descubrieran en cualquier momento, me aseguré los disparos colocando el selector en auto y modo ráfaga, porque no es una situación en la que te puedas entretener en hacer mediciones de luz. Era un escenario con demasiados contrastes de luces y sombras. Lo que sí tuve que hacer mientras estuve entre los juncos, fue enfocar manualmente porque, con tantas ramas por medio, el enfoque auto se vuelve loco, y podría acabar enfocando un junco en vez de un flamenco.

Una vez me aseguré algunas tomas entre los juncos, decidí levantarme, colocando previamente el enfoque en modo auto, porque sabía lo que iba a ocurrir en cuanto me vieran asomar… la estampida.

Efectivamente, fue asomar la cabeza, y ni si quiera graznaron. Aquello se convirtió en un pelícano el último, y emprendieron un frenético despegue tipo scramble, mientras yo me lie a disparar en modo ráfaga en plan que salga lo que sea, y esto fue lo que salió.

No son unas fotos del otro mundo, por tanto no es ese el valor que les doy. El valor que para mí tienen va más en la línea de la vida…es eso, me sentí vivo, un animal más de esa fauna, un animal al acecho, reptando, escudriñando, oliendo, respirando… viviendo intensamente. Tanto que olvidé todos mis problemas.

Quizá, si hubiera tenido un 600 mm de óptica fija y f4 de apertura, y hubiera estado apostado en un mirador, sentado en una silla con un termo de café al lado, habría realizado unas fotos magníficas, y seguramente estarían mejor valoradas por el público en general, pero no sé… Dudo que me sintiera tan satisfecho, pues son las vivencias lo que en definitiva nos satisfacen, y la que tuve ayer tarde me dejó una sonrisa de oreja a oreja que no se corresponde con el estado de ánimo que sería normal teniendo en cuenta el panorama que tenemos.

Quizá sea esa la clave de la salud mental, vivir la vida del modo más natural posible, sintiéndose una criatura de la naturaleza, en vez  de sentirse el elemento, en mi caso, por lo que se ve obsoleto, de un sistema infernal creado para el beneficio de unos cuantos.

JM Arroyo

Dedicado a mi amigo Víctor Crespo, al que llamé por teléfono después de la experiencia, porque sabía que entendería mi entusiasmo, del mismo modo que entendí  el suyo, porque ese mismo día, él se echó al monte y ascendió hasta una cima nevada en plena ventisca cual zorro del ártico.
 



 

 

 

 

martes, 28 de enero de 2014


LOL

Me preguntaba qué cojones era eso de LOL, que ahora leo cada dos por tres, intercalado generalmente en textos con mala ortografía. Busco y encuentro…LOL (LAUGHING OUT LOUD) traducido como “reírse en voz alta”. Y me digo, anda la leche, ya no es “jajajaja” ahora es LOL.

Puedo entender que sea la manera de reírse de los anglosajones, que han pasado del “hahahaha” (onomatopeya más próxima a la asfixia que a la risa) al lacio LOL, porque los anglosajones son lacios de cojones, y encima rima. Lo que no me entra en la mollera es que aquí se adopte eso del LOL, con lo expresivo  elocuente que resulta el “jajajaja” de toda la vida.

Cuando escribo “jajajajaja”  es porque me ha aflorado esa risa de forma franca  y automática,  a la par que “ríen” mis dedos pulsando esas jotas y esas aes, haciendo partícipes de la risa a ambas manos, y no solo a la mano derecha para pulsar el rancio LOL. El LOL, más que un acrónimo de la risa, parece el acrónimo de un ingenio militar o el de un virus letal. Como si lo viera… Ha sido lanzado el primer LOL con ojiva nuclear… Emergencia sanitaria en Vallecas debido al virus del LOL… qué risa… jajajajajaja.

Si nos remitimos al denominado MEME LOL y le miramos el careto al muñecajo,  llegamos al extremo de lo grotesco, pues el monigote, lejos de parecer estar descojonado, parece que lo están empalando con el LOL de las narices sufriendo un daño atroz.

Pero está claro, cada cual puede hacer con su risa lo que le plazca, y si les mola el LOL, qué le vamos a hacer… aunque yo no me fiaría de esa “risa”. Prefiero el elocuente y sincero “jajajaja” o el jocoso “jojojojo”, el astuto “jejejeje” y el picaruelo “jijijji”  La risa, como las palabras, deben ser claras y concisas, francas. Uno debe tener claro el sentido de la risa que lee y  la riqueza que tiene el castellano lo permite, ese castellano tan mimado en Japón y tan maltratado en la propia España, por los españoles y por los que no se sienten españoles.

Esto nos lleva  a la asfixia del “hahaha” y nos relega al rancio LOL que bien podría haber sido CRUNHC, o CLOK, o RWK... porque de los acrónimos anglosajones se puede esperar cualquier cosa…jejejejejeje… manda cojones.

JM Arroyo… jojojojo.

 

 

domingo, 26 de enero de 2014


OBJETOS INTELIGENTES

Es cierto lo que he leído por ahí… Cada vez hay más objetos inteligentes, y en la misma  medida, la gente se vuelve menos inteligente... más boba. Como la cosa siga así, las máquinas acabarán decidiendo por nosotros, y tendremos el cerebro tan atrofiado que no seremos capaces de reaccionar.

La siguiente peste que estoy viendo llegar es la de las putas gafitas esas, las Google Glass. De aquí a nada, toda la peña con las gafitas y el ojo saturando al cerebro con información que es incapaz de procesar.  Supongo que coincidirá con un repunte del índice de atropellos por no mirar donde se debe. Y si no, toda la peña con la masa gris googleglaseada y las neuronas cerebrales goteando por la nariz.

 Yo sigo resistiendo con el Nokia ladrillo, esquivando a la empresa telefónica, que no para de advertirme que se caducan mis puntos para canjearlos por un Smartpollas. Pero va a ser que no… Cuando salgo de casa quiero sentirme libre, no geo-localizado al extremo, ni conectado al extremo, no necesito saber dónde comprar, ni qué voy a comer, ni escuchar continuamente música para acabar aborreciéndola. Prefiero dar un poco de emoción al asunto y seguir descubriendo las cosas por mí mismo, y añorar un rato la música para después cogerla con ganas.  

No necesito linkearme o como cojones se denomine eso de engancharse a otra red, como si fueras parte de un sistema, para que al instante todo el mundo sepa de la leche que eres. Me sobra con poder llamar y recibir llamadas en caso de emergencia, y no estar escuchando el insufrible sonido del “guasa” ese, para contar en tiempo real que acabo de abrir una puerta,  que me voy a tomar un bocata de panceta y que me voy corriendo al tigre porque me acaba de dar un apretón por culpa de un Nespresso color fucsia caducado… y  mandar la “afotito” de cómo alivias lastre en el tigre de casa Pepe, que de comer pone una mierda, pero tienen un wifi gratuito del carajo.

La sociedad se queja de que cada vez hay menos libertad, pero es incapaz de rebelarse contra el sistema que la hace presa. La sociedad no se conforma con comerse un plato de tecnología, necesita comerse doce, engorda y se atrofia. La sociedad occidental pudiente, claro está, porque el resto del mundo… Pues va a ser que también, porque sorprende ver gente que pasa penalidades y que a pesar de los pesares, está interconectada mediante un celular, o tiene una parabólica en su chabola. Sociedades mega-conectadas a una prisión virtual de la que dependen cada vez más y más.

Al final acabaremos siendo bultos de carne con ojos, sin cerebro, con una batería de litio-cadmio metida por el culo y una memoria RAM configurada para obedecer sin chistar.

martes, 21 de enero de 2014


AGUA Y LUZ

No es el resultado de ningún filtro de Photo Shop ni nada por el estilo, ni si quiera es una exposición forzada en post proceso. Es simplemente lo que captó el objetivo de mi sufrida cámara… un contraluz  de agua y luz en evolución.

Cada rayo de luz se refracta de manera diferente en cada partícula de agua que flota en el aire… agua flotando en el aire.

El hombre y su entorno parecen estar constituidos por esas partículas de agua y luz, lo que me lleva a pensar en que probablemente seamos eso… partículas de agua y luz dispersas en el éter.

Me pregunto pues… si somos agua y luz ¿Por qué nos empeñamos a veces en ser tan opacos?

 


jueves, 9 de enero de 2014


El GUARDA AGUJAS

Todos pasamos en nuestro tren ante su caseta, la caseta del guarda agujas. Una  única vía emerge de la oscuridad de la que provenimos todos, y a la altura de esta caseta, es donde las vías se multiplican temporalmente durante el periodo de luz que conocemos en tanto estamos vivos.

Aparentemente cada vía lleva a un lugar diferente, o para ser más preciso, cada vía lleva a una suerte diferente. Corresponde al guarda agujas cambiar de vía según vamos pasando, asignándonos a cada cual, diferentes caminos para llegar al mismo destino.

La vía que nos toque en suerte determinará las condiciones del viaje y su duración. Para algunos será un viaje largo y tortuoso, para otros breve pero intenso. Algunos tendrán un viaje divertido y otros desearán no haber viajado nunca… Es lo que tiene que, en estos trenes, también haya clases… primera, segunda, tercera…vagones de ganado. También hay clases de recorridos… de alta velocidad, de alta montaña, transiberianos, transaharianos, de media distancia, de cercanías… Y además están las clases de pasajeros… agradables, mezquinos, asesinos, altruistas, egoístas, trabajadores, estafadores… como en la vida misma.

Pero como decía, al final, por lo que se sabe de momento, que no es nada, todos acabamos parando en la misma estación, una estación donde de nuevo se cierne la oscuridad, una estación donde confluyen todas las vías en una sola…la vía muerta. Va a parar en el andén que  da a la antesala de la incertidumbre, en la cual nos aguarda una peculiar jefe de estación, esa a la que casi siempre representamos extremadamente delgada y vestida de negro.

El guarda agujas cumple con su cometido en su pequeña caseta, paciente, abnegado, muy profesional, asignando cada suerte,  buena o mala, sin que sea nada personal. Su cargo requiere ausencia de sentimientos, ausencia de escrúpulos, ausencia de empatía, ausencia de todo aquello que pueda interferir en los deseos de no se sabe qué fuerzas.

El guarda agujas lleva más de dos millones y medio de años trabajando, y a duras penas conserva su caseta. Parece eterno su trabajo, pero al igual que las vías, su función acabará en algún momento, cuando pase el último tren. Entonces, las luces de su caseta se consumirán como él mismo, para no desentonar con la oscuridad absoluta que se cernirá sobre todo lo conocido.

Hoy hace 52 años que pasé por delante de la caseta del guarda agujas, y como a todos, me asignó una vía, y por tanto un recorrido. El viaje no se me antoja fácil, pero tampoco imposible. Pese a lo malo, lo doy por bueno, aun sin saber lo que me deparará el futuro, ni si me queda mucho o poco por recorrer hasta llegar a esa vía única, esa vía muerta que nos espera a todos, el  final del trayecto sin retorno.

Llevo un rato escribiendo sobre el guarda agujas, y ahora que caigo, no he mencionado su nombre…  El guarda agujas se llama Destino.


 

 

 

 

 

lunes, 6 de enero de 2014


EL ALMIRANTE ROJO

La Vanessa Atlanta, también conocida como  Vulcana, Numerada o El Almirante Rojo, Red Admiral, como diría un inglés,  que es la denominación que me gusta a mí por todo aquello a lo que soy a fin. Leo que es una mariposa bastante extendida por el mundo, y como buen almirante, es capaz de recorrer miles de kilómetros, del sur hacia el norte en primavera, y del norte al sur en otoño.

 Leo que tiene un comportamiento peleón, muy territorial, tenaz ante los intrusos, como es de esperar de un almirante. Dicen que Almirante Rojo se caracteriza por un vuelo firme, rápido y seguro, expulsando a cuantas mariposas, sean de su especie o no, que se atrevan a cruzarse en su trayectoria, y cuentan - eso he podido constatarlo-  que si por casualidad entramos en su territorio, dará cuatro o cinco vueltas a nuestro alrededor, a fin de comprobar si somos un peligro potencial para su integridad, llegando incluso a “atacar”. Si después del tanteo comprueban que no suponemos un riesgo, se posan en el mismo lugar en el que estaban y nos ignoran, permitiendo que sean observadas o fotografiadas, en este caso por mí.

El caso es que este Almirante Rojo considera mi balcón como su territorio, y así lo han venido considerando todos los años por estas fechas sus antepasados, porque, por razones de esperanza de vida, este no puede ser el mismo almirante que el del año pasado. Me conmueve su determinación y no puedo más que rendirme a las alas del Almirante Rojo, aun siendo yo consciente de que podría reclamar mi territorio con apenas un soplido.

Me asomo y allí se encuentra el almirante,  en la zona soleada de mi balcón, en el mismo lugar de siempre, a la misma hora de siempre, sobre las doce del mediodía, y durante la misma estación de siempre, en invierno.  

Cuando salgo, a primeras el almirante de turno se mosquea, no se fía, así que da un voletío de tres o cuatro órbitas de un radio de unos cuantos metros, y si no detecta actividad hostil por mí parte, se posa en el mismo lugar, centímetro más, centímetro menos, como si dispusiera de un GPS.

Además, y es curioso, siempre se colocan mirando hacia el norte, como no queriendo perderlo, siempre mirando hacia el punto cardinal donde se encuentra su destino, hacia el que volarán apenas acabe el invierno. Quizá hacia la Selva Negra alemana, quizá  hacia Dinamarca, allá donde emigró Mayra con su querido Gregorio, quizá hacia Noruega… en definitiva, hacia el norte, en busca del estivo a miles de kilómetros, una distancia enorme surcada  por algo tan pequeño que bien merece ese apelativo magnánimo… El Almirante Rojo.

La foto la tomé ayer. Salí a tender la ropa de deporte, y tras dar sus cuatro vueltas de reconocimiento, el Almirante Rojo, de a saber qué generación de bragados almirantes, volvió a posarse, para después dejarse retratar. A fin de cuentas, un almirante que se precie debe tener su retrato. Después simplemente lo observé, observé su grandeza pese a sus reducidas dimensiones, observé esos detalles de la vida, que por la manera tan absurda de vivir que tenemos, dejamos pasar sin más, con lo sencillo que es dejarse llevar, dejarse cautivar por la presencia de seres asombrosos como el Almirante Rojo.

Un día de estos  este almirante emprenderá el vuelo y ya no lo veré más… pero llegará otro. He tenido la suerte de que hayan marcado  mi balcón en sus cartas de navegación biológicas, y lo hayan considerado puerto refugio para pasar el invierno, un puerto que consideran suyo pese a que el alquiler lo costeo yo. Pero bien pagado está, bien rendida queda mi plaza si es ante seres, fascinantes apenas se lea sobre ellos, como el Almirante Rojo.

 

miércoles, 27 de noviembre de 2013


LA TARDE DE LAS RISAS

1985… no recuerdo el mes, pero puede que fuera finales del verano. Creo que ha sido el día que más me he reído en mi vida… aquella tarde con Juanma. Nos fuimos los dos a recorrer el Charco de los Hurones en piragua durante tres días, haciendo noche donde nos pillara. En realidad el pantano se puede recorrer entero en una sola jornada, pero no había prisa. Estábamos en una edad en la que caminar  por una pista forestal durante  ocho kilómetros,  cargando con dos piraguas y las mochilas con víveres para tres días, para poder llegar al pantano, no nos afectaba lo más mínimo, ni física ni anímicamente.

Eso de tener coche propio a esas edades, no resultaba tan sencillo como hoy en día. Lo más que pudimos hacer el primer día, fue dejar las piraguas y los equipos a pie de carretera, después de haberlas transportado en el coche del padre de Juanma de manera clandestina. La historia de esa primera parte se las trajo también, pero la contaré en otra ocasión, así que vuelvo a la última tarde de nuestro periplo.

La foto de marras nos la hicimos la última tarde, finalizado el periplo de navegación por el pantano. El caso es que tocaba recorrer por tierra el camino de vuelta  cargando con las dos piraguas,  ya liberados del peso de los víveres, aunque cargando con los desperdicios, como tipos civilizados y comprometidos con el medio ambiente que éramos, en tiempos en los que no había tantos soplapollas del ecologismo de galería.

Juanma y yo somos de risa fácil cuando estamos juntos, y pasó que aquella tarde nos dio por la risa tonta, de manera que apenas dábamos unos pasos cargando con el material, bastaba que alguno dijera alguna gilipollez, para que acabáramos revolcados por el suelo. La cosa se puso seria, porque no éramos capaces de recorrer diez metros sin acabar desternillados.

En estas Juanma, preocupado porque nos iba a caer la noche encima, me dijo en tono grave… Pepe, si ves que te va a entrar la risa, mira hacia arriba. Total, que nos pusimos manos a la obra.

 Juamna iba delante, y yo detrás… Recorrimos unos metros y en estas veo que Juanma empieza a mirar hacia arriba… Automáticamente  acabé rodando por el suelo riendo de tal forma, que aquello ya resultaba una tortura, del dolor de barriga que nos estaba dando. Si digo que nos pegamos así una hora, seguramente me quedo corto.  Se puso la cosa tan jodida, que al final optamos por acercarnos a un cortijo y le pedimos permiso al dueño para dejar las piraguas en un cobertizo que tenía, comprometiéndonos a recogerlas otro día con el coche del padre de Juanma, porque veíamos que no íbamos a llegar nunca a la carretera.

La foto cuelga en mi habitación, y Juanma tiene otra igual colocada en el salón de su casa. Creo que ha sido una de las veces que más nos hemos reído, y creo es esta es la foto que mejor refleja aquellos tiempos felices que sellaron para siempre nuestra amistad, con la suerte de haber podido disfrutar con plenitud de la naturaleza, con largas conversaciones nocturnas a la luz de un fuego incluidas, algo impensable en los tiempos que corren.

Ya lo dice Lobita… destiláis una felicidad inmensa y por eso me gusta tanto esta foto.

 


jueves, 21 de noviembre de 2013


Apenas me reconozco en ti…

Te recuerdo soñador, feliz en tu mundo, sin prisas por crecer. Jugando con tus amigos, jugando con tus primos, o jugando con tus amigos imaginarios, esos que cubrían tus flancos en las aventuras imaginarias que te montabas.

Tus montañas eran infinitas, tras ellas apenas había otras ciudades, otras carreteras, y ni siquiera había autovías, si acaso caminos polvorientos por las que circulaban carretas perseguidas por los indios.  Los postes de telégrafo eran de madera, las traviesas de la vía del tren también, y los destinos de esos trenes eran infinitos como tus montañas, con estaciones que se identificaban más por sus formas que por sus carteles...  Estaciones con parras, estaciones con árboles frutales, estaciones majestuosas con azulejos y estructuras distintivas.

La luna te parecía más grande, los ríos más caudalosos, los animales ordinarios te resultaban exóticos, y cualquier bosquecillo era una selva. Disparabas con rifles de palo, navegabas en buques de lona surcando los mares del Sur, volabas en un Spit Fire de cartón y emulabas los ruidos de los motores con la boca.

El mar era más grande, más limpio y tu corazón también. Tus metas apuntaban a tu presente, pues el futuro quedaba lejos, no había prisa…o eso creías.

Fue pasando el tiempo, los días se fueron acortando, fuiste creciendo y casi sin darte cuenta, se fue resquebrajando tu inocencia… empezó a desdibujarse tu sonrisa, empezó desdibujarse tu recuerdo y empezaron a marcarse los surcos en tu piel. Llegaron las obligaciones, las prisas, las responsabilidades, el placebo del reto para justificar los esfuerzos para no se sabe qué.

Los amigos ya no tienen tiempo para casi nada y a algunos los perdiste para siempre, a los primos apenas los ves y a tus amigos imaginarios los destruiste a medida que te fue golpeando la realidad.

Tus montañas menguaron, tras ellas proliferan las grandes ciudades, los nudos de carretera, las torretas metálicas copan los montes y ya no hay telégrafo con postes de madera. Las traviesas son de hormigón, los trenes corren más, pero los destinos  han pasado a ser estaciones sin alma, cortadas por el mismo patrón, sin parras, sin azulejos, sin estructuras distintivas, estaciones impersonales,  solo distinguibles por el nombre de sus carteles de metacrilato.

En la luna casi no reparas, los ríos están secos o se salen de madre, los animales ordinarios se hacinan en  granjas extensivas, y los exóticos simplemente desaparecen como las selvas. Disparaste con fusiles que matan la esperanza y destruyen los sueños, navegaste en buques que no iban a donde tú querías y volaste cuando tocaba volar, protegiendo tus oídos del ruido ensordecedor.

El mar sigue igual de grande pero más sucio, y tu corazón también. Tus metas  quedaron atrás y ni te diste cuenta con tantas prisas que no te condujeron hacia ninguna parte…

Y ahora… A penas te reconozco amigo, apenas me reconozco en ti, y me apena no poder hacerlo.

Ya no soy quien fuiste, ni seré quien soy… pasaré como pasaste tú, como una puesta de sol que nunca se volverá a repetir en los mismos términos, así hasta que simplemente no se repita más. Para entonces, nos habremos desdibujado todos… tú, yo y el futuro yo, que quizá me contemple un día como ahora te contemplo  a ti… sin reconocerse en mí.

JM Arroyo

 


domingo, 20 de octubre de 2013


ALGUNAS VECES IMAGINO

Algunas veces, en los días desapacibles como hoy, esos que coinciden con circunstancias desapacibles que solo te dan opción a refugiarte en los pensamientos, imagino que estoy a bordo de un velero, que bien podría haber sido este que aparece en esta ilustración realizada por mí, y que regalé a unos buenos amigos… o quizá, por remontarme a otros tiempos en los que hubiera encajado mejor, pongamos que a bordo del bergantín Beagle, al mando del capitán Roberto Fitzroy a finales de 1828.
Me imagino en el Beagle, fondeado en el canal del mismo nombre, frente a la población de Ushuaia, allá en la Patagonia Argentina, esa tierra hermosa y por entonces indómita, de la que tantas veces me habló mi tía Juli. Imagino a una tripulación exhausta, pero satisfecha y orgullosa  por haber superado el capeo de los  temporales, en ocasiones infernales, que se generan  por la zona del cabo de Hornos. Los imagino como estaría yo, deseoso de conocer nuevos territorios inexplorados, de esos que aún quedaban por aquella época en el último confín de la Tierra. ¿La recompensa? Quizá bastara con estar en el rol del buque cuyo nombre dio al canal, un reconocimiento que prevalecerá en los anales de la historia.

Un par de días para recuperar fuerzas, y después a los botes, para hidrografiar el canal Murray o para explorar Isla Hoste en la orilla chilena del Beagle, y contactar con los indios Ona, con los que a lo mejor me habría quedado… quien sabe.

Por las noches escribiría cartas a la luz de un candil, relatando mis aventuras y desventuras, misivas que quizá llegarían al destino mucho después de haberlas espichado, tal vez atacado por un puma, o a causa de una pulmonía. Las cartas  serían leídas por la familia  al calor de una chimenea, o por los amigos en la taberna de marras, cartas leídas en voz alta mientras saborean unas pintas y brindan a mi salud y por los viejos tiempos. Esas cartas, puede que las guardara alguien en alguna parte, y puede que con el tiempo, fuesen descubiertas por las hijas, por los nietos, o por el hijo de un amigo, cartas amarilladas por el paso del tiempo, pero con todo su contenido intacto y la esencia que imprime  un texto escrito de puño y letra, esos trazos únicos que definen a quien cuenta la historia.

Me gusta escuchar el sonido del viento, y a propósito, dejo una rendija de la ventana abierta para que silbe, imaginando que lo que silban son las jarcias del velero. Imagino historias en mi cuarto, sentado en un sillón, mientras pierdo la mirada en el cielo y escucho alguna banda sonora que evoque los sonidos del mar. Lo hago para descansar un rato de estas circunstancias que me mantienen encallado en una costa yerma y desangelada, en la que no queda nada por explorar, un lugar que no da para escribir  sobre  temas de  descubrir tierras vírgenes o sobre grandes aventuras.

En este mundo  apenas se escribe ya con pluma sobre un papel, y  apenas nadie lee en voz alta para que otros escuchen las  historias mientras se toman unas pintas. La gente, sencillamente ya no escucha historias, solo se embute en las nuevas tecnologías para conectarse con quien no ven mientras ignoran a quien tienen al lado.

Lo que silva es la ventana entre abierta de un bloque de apartamentos  y lo que me saca del trance son los gritos de un vecino que está viendo un partido de futbol.  Lo que escribo, con independencia de que sea una aventura, una desventura o una mierda pinchada en un palo, no amarilleará en un papel, ni será descubierto por nadie  con el paso del tiempo con la misma intriga que pueda generar una carta escrita sobre un papel amarillado por el paso de los años, papel pasto de los lepismas, esos insectos devoradores de almidón que campan por sus respetos amparados  entre las hojas de los libros.

 El texto se perderá en el infinito de una red virtual que devora infinidad de información sin apenas procesarla, un texto escrito con caracteres estándar, tipo Arial para más señas, que no dice nada sobre mí, un texto transferido por los golpes secos a un teclado.  

Será leído, quizá hoy y puede que mañana, pero después  se difumará hasta desaparecer, sin dar oportunidad a que un día, una hija, una nieta o el hijo de un amigo, descubra una carta amarillada por el paso del tiempo, que cuenta una historia de su puño y letra, aunque no sea la del capitán Roberto Fitzroy y su intrépida tripulación, sino la de alguien que sueña con veleros y territorios inexplorados, sentado en el sillón de su casa, mientras escucha el silbido del viento por su ventana, mirando al cielo o realizando unos trazos en papel Guarro con un una estilográfica y algo de tinta china, intentando recrear su fantasía… todo para descansar un rato de las circunstancias.

 

J.M. Arroyo

miércoles, 5 de junio de 2013


ELLA SE QUEDÓ EN BLANCO

Ella se quedó en blanco, como el blanco de la pared tratada con cal viva junto a la que se sentó. Absorta en sus blancos pensamientos, que no eran más que el vacío de su mente, cansada ya de discurrir, dejaba correr el tiempo moviéndose a penas a cambio de unas monedas necesarias para subsistir.

Ella se quedó en blanco salvo en sus labios pintados de rojo, como en un intento de no desaparecer del todo en ese blanco puro que deslumbra desdibujando su triste figura.

 Ella se quedó en blanco, como una hoja de papel sin escribir, como una hoja de papel sin dibujar, sin historias que contar, aunque solo sea en apariencia. Quizá estén escritas con tinta blanca, y como ella, se confundan con el fondo que tienen tras de sí.

Ella se quedó en blanco, o quizá la dejaron en blanco, ese color acromático que simboliza pureza, pureza que bien podría ser ausencia de todo, pureza en este caso corrompida por el rojo pasión de sus labios, que más que pasional se me antoja  grotesco, como una mueca de dolor que cala en el alma.

Blanco de claridad máxima, de oscuridad nula, luz intensa que condensa todos los colores en uno, disolubles ante un prisma, el prisma de la vida que no se presenta ante ella para descubrirle los colores.

En blanco andamos muchos, por no decir en negro, siempre en esos extremos que acotan la gama cromática. El exceso de luz, la ausencia de luz, pensamientos en blanco, pensamientos en negro, la combinación de ambos generando el gris, y una traza de color rojo para decir que estamos aquí.

Ella se quedó en blanco… yo acabo de hacerlo.

JM Arroyo

 

martes, 28 de mayo de 2013



















RECORDANDO NUESTRA BODA

Una notable mayoría opta por casarse a lo grande, como estos del Rolls Royce Silver Shadow, que además de ir en un Rolls, se casaron en la Alhambra de Granada,  con dispositivo de seguridad, Magnum 45 en funda incluida. Nosotros nos casamos a lo pequeñito, sin hacer ruido, un 18 de mayo de 2007. La cosa discurrió tal que así:

El Puerto de Santa María 17-05-2007
19:00 h zulú, cinco horas menos en alguna parte.
Acabábamos de llegar de trabajar de la obra marítima de Algeciras. La boda por lo civil era al día siguiente, a primera hora de la mañana, y aún no teníamos claro qué nos íbamos a poner. Finalmente optamos por algo cómodo. Pantalón y camisa en ambos casos. De peluquería, mi amada esposa con el pelo corto, y yo al cero, para qué andarnos con tonterías. Nadie, salvo Gloria y Domingo, conocían nuestras intenciones.

Villaluenga del Rosario 18-05-2007
07:00 h
Salimos de casa, ya vestidos para la ceremonia, y con material para patear la sierra en una mochila. Lobita se hacía los últimos retoques en el coche, entre ellos, la pintura de las uñas con una destreza y precisión apabullantes, considerando que lo estaba haciendo con el coche en marcha. El vehículo nupcial, mi Montero Sport 4x4 en teoría de color negro, y digo en teoría, porque no me dio tiempo de lavarlo. Llevaba toda la polvareda y el salitre del trabajo. Ni flores, ni lacitos, ni latas atadas al parachoques…

08:30h. O por ahí.
Llegamos a Villaluenga del Rosario, una localidad ubicada en la serranía de Grazalema. Es el pueblo más pequeño de la provincia de Cádiz (471 habitantes en la época, con una densidad de 8 habitantes por kilómetro cuadrado) y el más alto topográficamente hablando, con una elevación de 858 m sobre el nivel del mar.  El Lugar perfecto para nosotros.
Llegamos con tiempo de sobra, pues la boda civil en la Casa Consistorial, estaba programada para las 10:00h local de Villaluenga y resto de la comunidad andaluza. El caso es que sentí la llamada de la naturaleza, algo por otra parte normal porque era mi hora, así que estacioné el coche en un sendero del monte que tenía a mano y aboné el terreno en una loma, con la esperanza de que surgiera un pinsapo. Por supuesto, siguiendo el procedimiento estándar para no dejar en la zona nada que no fuere biodegradable. Aliviado y aseado como es debido, dimos un pequeño paseo por la pequeña población para hacer tiempo.

LA CEREMONIA. 10:00 h.
Nos casó el entonces alcalde de la localidad, Alfonso Moscoso, del PSOE. Años más tarde, lo cazarían en la carretera triplicando la tasa de alcohol, siendo sometido a un juicio rápido. Posteriormente fue juzgado por supuestas injurias a su ex mujer. En fin, era lo que había, no todo puede ser perfecto.
El caso es que el señor Moscoso, con toda la cordialidad del mundo, las cosas como son, ofició la ceremonia, teniendo por testigos a sus dos secretarias, y como fotógrafo oficial, al jefe de la Policía Local del pueblo, jefe de sí mismo pues era el único que había. El acto duró  diez minutos escasos, después de los cuales salimos por la puerta con nuestras alianzas puestas. Unas limpiadoras que trabajaban en la entrada, gritaron entusiasmadas, viva los novios, lo cual agradecimos con sonrojo. Al parecer éramos la segunda pareja que se casaba en la historia del ayuntamiento de ese pueblo.

EL DESAYUNO. 10:15 h.
El estómago nos indicaba que era hora de desayunar, así que nos acercamos al único bar que había en el pueblo. Como no tenían máquina de café expreso, nos hicieron uno a la vieja usanza, café de pucherete. Lo acompañamos con un par de rebanadas de pan de pueblo, regado con aceite de la región, que compensó la mala calidad del café.

LA FOTO OFICIAL. 10:40 h aprox.
Nos fuimos al mirador del pueblo para hacernos la foto de marras. El fotógrafo fue la combinación de auto disparador, el trípode y mi participación para encuadrar la escena y medir la exposición.

LA NOTICIA. 10:50 h aprox.
Llegó la hora de dar la buena nueva por teléfono a la familia y a los amigos. Menuda sorpresa. Hubo de todo, risas, silencios, estupefacción, alegrías... Lo normal en estos casos. Pero al final todo fue por buen cauce y todo el mundo lo aceptó de buen grado, respetando nuestro proceder.

EL VIAJE. 11:00 h. O por ahí.
Tocó echar mano de la mochila que llevaba el material de montaña. Nos cambiamos de ropa, de calzado y nos equipamos para dar un paseo por la Sierra de Libar. El sol pegaba que era un gusto a esas horas, pero Lobita, en su línea resistente, no se quejaba y caminábamos a buen paso cruzando los Llanos del Republicano. Le regalé una amapola que encontramos por el camino, y recogimos un par de cornamentas de cabra que aún conservamos como recuerdo. Unas dos  horas después me di cuenta de que Lobita iba demasiado colorada. Había pillado una insolación. Así pues, en previsión de no quedarme viudo antes de tiempo, decidimos regresar al punto donde dejamos el coche y optamos por programar el banquete.

EL BANQUETE. 14:30 h más o menos.
Decidimos comer en un restaurante que se llamaba El Parral, ubicado en Benaocaz, una pequeña población próxima a Villaluenga. Mientras leíamos la carta, entró acompañada de su novio, una de las chicas que hicieron de testigo, y se sentaron en otra mesa. Pensamos que sería un buen detalle invitarles a la comida, así que, mientras traían la nuestra, me acerqué al cajero para sacar efectivo, pues en el restaurante fallaba el datáfono.
Conseguí el dinero, pero el puñetero cajero no me devolvió la tarjeta, así que tuve que realizar la llamada oportuna para anularla. Por lo demás, comimos estupendamente por un precio módico. Tras pagar nuestra comida y la de nuestros invitados de fortuna, emprendimos el regreso a casa.

LAS CONCLUSIONES.
Al caer la noche, nos metimos en el catre con  una insolación de tomo y lomo, pero a la vez, con una sensación deliciosamente extraña y con una sonrisa de oreja a oreja, la misma que mantenemos a día de hoy. Al lunes siguiente volvimos al trabajo como si nada, y ante la sorpresa de nuestros compañeros, dimos la buena nueva. El viaje de novios en regla lo aplazamos para más adelante, porque modestia aparte, en aquellos momentos ambos éramos imprescindibles en el trabajo.
En definitiva. Los trámites legales para el casorio los realizó Lobita sin mayores contratiempos, con la diligencia que la caracteriza, y el coste de los fastos, no superó los 60€ lo cual da una idea de lo modesto que fue el evento. Y no por eso dejó de ser el día más señalado de nuestras vidas en común, nada más lejos de eso. Fue nuestro día con mayúsculas, nuestro día en toda regla, el día que simbolizamos nuestra decisión de continuar el camino juntos. En realidad, un día que renovamos cada día, un día que sigue vigente y que adopta una resistencia granítica con el paso de los años.
Cuando vemos una boda, digamos con un Rolls, con sus flores y la pompa que rodea a los Rolls, le pregunto a Lobita ¿Te hubiera gustado más casarte así? Entonces ella sonríe de oreja a oreja, sus ojos cobran más brillo aún del que ya tienen, y tras hacer un pequeño silencio, me dice con su bonita sonrisa… no  cambiaría nuestra boda por nada del mundo.
Algunas de mis amistades, que se casaron a lo grande, me han confesado, después de su experiencia,  que les hubiera gustado hacerlo como nosotros, a lo pequeñito, pero que no tuvieron el valor suficiente. El valor de elegir en libertad, pasando de los convencionalismos y las modas, que llevan a liar demasiado las cosas, llegando a convertirlas en un suplicio. No digo que siempre sea así, por supuesto.

En cuanto a nuestro regalo de boda. ¿Acaso hay algo mejor que darnos el uno al otro? Aquí seguimos, cada día más unidos y a un módico precio. Porque lo que determina el éxito de una relación no es la pomposidad de los fastos, sino las ganas de querer a quien quieres, por los días de los días.









lunes, 20 de mayo de 2013

OCÉANO DE TIERRA

No… no se trata del efecto de un filtro de un programa de edición fotográfica. Es el aspecto íntegro del océano de tierra que  veía desde lo alto del castillo de Espera, Provincia de Cádiz, un océano de tierra cambiante en sus tonos, como el de mar, con la única salvedad de que sus olas son estáticas. Aunque eso de la fijeza es relativo, porque a estas alturas debe haber trigo, ya rubio, trigo que estará siendo, más que  peinado, alborotado por el viento del suroeste que azota la región, lo que confiere movimiento a ese océano de olas con periodo fijo, olas que son surfeadas por los pájaros y buceadas por las liebres, los topillos y las comadrejas.

El castillo de Fatetar se convirtió por unos instantes en mi buque, pero al poco caí en la cuenta de que no era más que un marinero en tierra, un marinero en tierra ávido de mar que soñaba despierto.

viernes, 17 de mayo de 2013

lunes, 13 de mayo de 2013


…ella sola, prisionera de sus pensamientos, se muerde las uñas mientras cruza el patio desolado de la prisión militar del castillo de San Sebastián bajo el tórrido sol del mediodía. Las puertas de la prisión  están abiertas, son sus pensamientos los que impiden que sea libre… grilletes de sombras, de miedos, de incertidumbres que la llevan a roer sus uñas como quien intenta roer las rejas de hierro del ventanuco de un calabozo.

Niña, corre libre, que tus grilletes son ficticios, deja tus uñas en paz y baña tus esperanzas en el agua de mar que te espera al otro lado del muro del castillo, no seas prisionera de ti misma y concédete la libertad…

miércoles, 8 de mayo de 2013


Papá de mayor quiero ser...

Papá, de mayor quiero ser…
Quiero pensar que el peque pensaba que de mayor quería ser piloto, ingeniero aeronáutico, o tal vez mecánico de vuelo… quizá porque a su edad, cuando yo veía un avión pensaba en eso, mas no por mucho pensar y por circunstancias de la vida, pudo ser.

Pero volviendo a lo que podría estar pensando el crio, si es que pensaba en algo, quiero pensar que no pensaba en lo que me temo que piensa más de un crío de los de ahora, influenciados por toda esa mierda mediática que copa las mentes débiles, que generalmente piensan poco y mal.

Desgraciadamente, hay muchos que sueñan con ir a un casting para engancharse a uno de esos programas tipo Fama en versión cutre, en los que “aprenden” a bailar mientras se despellejan a insultos, sacan sus trapos sucios y los de su puta madre, y hacen gala de su nivel de analfabetismo y falta de la educación más elemental. Es lo que pude constatar un día en el que me dio por analizar uno de estos programas, como el que analiza una atmósfera irrespirable durante una investigación. Mi “investigación” apenas duró diez minutos, porque no pude resistir más tiempo aquella dantesca visión en la que un tipo de ademanes exageradamente afeminados pero musculoso como Rambo, y que al parecer era el instructor de baile, les metía caña marcando los pasos al grito de “uno, due, tres, maricón”… Me pregunto dónde habrá quedado eso del grand plié, el relevé, o el temps levé del ballet clásico…

Otros quizá sueñen con ser un Ronaldo de esos que emergen de la nada gracias a su destreza con el balón y se hacen de oro, sin que la pasta les sirva más que para ostentar su riqueza con desmesura, desaprovechando la ocasión de mejorar su nivel cultural y su educación para no hablar en público como los indios y escupir al suelo ante las cámaras.

Algunos seguramente piensan en ser una mega estrella del pop de estos que ahora surgen de you tube sin academia alguna, y viajar en limusinas horteras rodeado de chorvas tetudas moldeadas por la silicona, o megaboys saturados de anabolizantes, locas y locos por desvirgarse a los quince, aunque a los 25 acaben siendo unos tiñalpas consumidos por los excesos y la falta de creatividad o de rentabilidad para sus promotores que consideran que a los 25 ya no se es productivo salvo que se entre en la fase de vender escándalos sexuales y miserias varias.

Miedo me da lo que pueden pensar los pequeños hoy día, pero más miedo me dan sus padres, que en los casos que he descrito anteriormente, actúan de inductores con vistas de sacar tajada del éxito de su monstruito mediático, como sucede en esos gran hermano me la coges con la mano, o con estos padres que apuntan a los niños a un equipo de futbol y los presionan tratando de que el niño salga convertido en un Messi, cuando lo más probable es que el niño acabe messidepresivo y hastiado del esférico y del puñetero futbol.

En fin… creo que pienso más de la cuenta, y que el niño pensaba poco, por no decir nada. A saber, lo mismo estaba deseando que se acabara la dichosa exhibición para que lo pusieran en el suelo a jugar con la arena, o se acordó del avioncito que le tocó en el kínder sorpresa. Lo mismo pensaba que no pensaba, pienso yo…

…Pienso que esto se me acaba de ir de las manos. Carajo… eso me pasa por pensar más de lo conveniente.

 

miércoles, 1 de mayo de 2013


¿Qué pasó Manué?
Que la ma  escupió el bote otra vé.

¿Qué va a hasé ahora Manué?
Empesá de nuevo como ayé.

¿Por dónde empesará Manué?

Por la quilla  o er pantoque, ya veré.

Que puta e la má Manué.
Puta y desalmá pero qué le vamo a hasé.

Qué rasón tiene Manué.

Así e Migué, la ma e puta y desalmá pero nos da de comé.