viernes, 20 de febrero de 2026

EL BOTELLÍN DE RUFIÁN

Rufián, el independentista que tiene la esperanza de que le voten los algecireños, ha estado sembrado. Dijo, en esa especie de club de la comedia celebrada en una sala de conciertos madrileña, que el fascismo se ha puesto de moda y que la izquierda ha perdido. Pero tengo otra teoría.

Estos revolucionarios acomodados se han dedicado a repartir carnés de fascistas a todo hijo de vecino que disintiera lo más mínimo de sus delirios, y ahora resulta que, para ellos, hay “fascistas” a patadas.

Quizá sea una estrategia: reparten etiquetas a diestro y siniestro, meten el miedo a sus correligionarios y, seguidamente, se erigen como líderes que liberarán al país de los fascistas que ellos mismos han creado a dedo. Aunque parece que Rufián no tiene muy claro si el país somos todos, si son los catalanes o los votantes algecireños, locos por mudarse a Cataluña y ser obligados a hablar catalán para poder trabajar en su propio país. Como dicen mis paisanos, se ha hecho la picha un lío.

Esta vez Rufián no llegó con una impresora; entró en escena con un botellín de agua. Para darle enjundia intelectual a su intervención, echó mano de un recurso un tanto manido de la psicología aplicada. Dirigiéndose a su público entusiasta, dijo:

“Si yo les pregunto cuánto pesa esta botella de agua que tengo aquí, muchos dirán que 200 gramos, otros que 300. Pero la verdad es que el peso absoluto no importa. Lo que importa es cuánto tiempo la sostienes”.

Qué dispendio de locuacidad. Qué profundo. Qué salao, cual delegado de clase de instituto que encandila a su progreprofe de literatura. Pero debió haberlo hecho con una impresora en vez de con un botellín; habría sido más original y efectivo, a la par que divertido, sudando la gota gorda por el esfuerzo. De paso, habría tenido una experiencia laboral, la de trabajar físicamente.

Fascistas… somos tantos ya, que ninguno lo somos, salvo esas criaturas que reparten esa etiqueta como si fueran gominolas.

 

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