Rufián, el independentista que tiene la esperanza de que le voten los algecireños, ha estado sembrado. Dijo, en esa especie de club de la comedia celebrada en una sala de conciertos madrileña, que el fascismo se ha puesto de moda y que la izquierda ha perdido. Pero tengo otra teoría.
Estos revolucionarios acomodados se
han dedicado a repartir carnés de fascistas a todo hijo de vecino que
disintiera lo más mínimo de sus delirios, y ahora resulta que, para ellos, hay “fascistas”
a patadas.
Quizá sea una estrategia: reparten
etiquetas a diestro y siniestro, meten el miedo a sus correligionarios y,
seguidamente, se erigen como líderes que liberarán al país de los fascistas que
ellos mismos han creado a dedo. Aunque parece que Rufián no tiene muy claro si
el país somos todos, si son los catalanes o los votantes algecireños, locos por
mudarse a Cataluña y ser obligados a hablar catalán para poder trabajar en su
propio país. Como dicen mis paisanos, se ha hecho la picha un lío.
Esta vez Rufián no llegó con una
impresora; entró en escena con un botellín de agua. Para darle enjundia
intelectual a su intervención, echó mano de un recurso un tanto manido de la
psicología aplicada. Dirigiéndose a su público entusiasta, dijo:
“Si yo les pregunto cuánto pesa
esta botella de agua que tengo aquí, muchos dirán que 200 gramos, otros que
300. Pero la verdad es que el peso absoluto no importa. Lo que importa es
cuánto tiempo la sostienes”.
Qué dispendio de locuacidad. Qué
profundo. Qué salao, cual delegado de clase de instituto que encandila a su progreprofe
de literatura. Pero debió haberlo hecho con una impresora en vez de con un
botellín; habría sido más original y efectivo, a la par que divertido, sudando la
gota gorda por el esfuerzo. De paso, habría tenido una experiencia laboral, la
de trabajar físicamente.
Fascistas… somos tantos ya, que
ninguno lo somos, salvo esas criaturas que reparten esa etiqueta como si fueran
gominolas.
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